lunes, 25 de agosto de 2014

Onceava sesión: Historia Eclesiástica

6. LA IGLESIA PROTESTANTE

1)    Causas de la Reforma Protestante

          i.      Juan Wyclif[1]

Este célebre reformador, llamado «La Estrella Matutina de la Reforma», nació alrededor del año 1324, durante el reinado de Eduardo II. Sus padres lo enviaron a Queen's College, en Oxford, que había sido fundado por entonces por Robert Eaglesfield, confesor de la Reina Felipa. Luego pasó al Merton College, que era entonces considerado como una de las instituciones más eruditas de Europa. Su notoriedad destacó en su defensa de la universidad contra los frailes mendicantes, que para el tiempo, en Oxford en 1230, habían sido incómodos para la universidad, por su concepto de que Cristo y sus apóstoles habían sido mendigos; y que la mendicidad era una institución evangélica. Doctrina que predicaban en todo lugar.

Wyclif había menospreciado durante mucho tiempo a estos frailes por la pereza con que se desenvolvían, y ahora tenía una buena oportunidad para denunciarlos. Publicó un tratado en contra de la mendicidad de personas capaces, y demostró que no sólo eran un insulto a la religión, sino también a la sociedad humana. Alrededor de este tiempo, el Arzobispo Islip fundó Canterbury Hall, en Oxford, donde estableció a un rector y once académicos. Y fue Wyclif el escogido por el arzobispo para el rectorado, pero al morir éste, su sucesor Stephen Langham, obispo de Ely, lo depuso. Wyclif apeló al Papa, que posteriormente dio sentencia en su contra por la siguiente causa: Eduardo III, que era a la sazón rey de Inglaterra, había retirado el tributo que desde el tiempo del Rey Juan se había pagado al Papa. El Papa amenazó a Eduardo III, quien convocó a un Parlamento, donde se resolvió que el Rey Juan había cometido un acto ilegal, y entregado los derechos de la nación, y aconsejó al rey a que no se sometiera, fueran cuales fueran las consecuencias.

El clero comenzó a escribir en favor del Papa, publicando un tratado, que tenía muchos defensores. Wyclif, se opuso al tratado y de forma magistral desmorono sus argumentos. Wyclif fue después promovido a la cátedra de teología, desde donde denuncio los errores de la Iglesia de Roma y de la vileza de sus agentes monásticos. En conferencias públicas vapuleaba sus licencias y se oponía a sus insensateces. Esto le costó que el arzobispo de Canterbury, le privara de su cargo. Para este tiempo, la administración interna estaba a cargo del duque de Lancaster, quien tenía unos conceptos religiosos muy libres, y estaba enemistado con el clero. El príncipe consideró muy gravosas algunas exigencias de la corte de Roma y decidió enviar al obispo de Bangor y a Wyclif para que protestaran contra tales abusos, y se acordó que el Papa ya no podía disponer de ningún beneficio perteneciente a la Iglesia de Inglaterra. En esta embajada, Wyclif observo las contrariedades de la constitución y política de Roma, y volvió más decidido que nunca a denunciar su avaricia y ambición. Habiendo recuperado su anterior situación, comenzó a denunciar al Papa en sus conferencias sus usurpaciones, su pretendida infalibilidad, su soberbia, su avaricia y su tiranía. Fue el primero en llamar Anticristo al Papa. Del Papa pasaba a la pompa, el lujo y las tramas de los obispos, y los contrastaba con la sencillez de los primeros obispos. Sus supersticiones y engaños eran temas que presentaba con energía de mente y con precisión lógica.

Gracias al patronazgo del duque de Lancaster, Wyclif recibió un buen puesto, pero tan pronto estuvo instalado en su parroquia sus enemigos y los obispos comenzaron a hostigarle. El duque de Lancaster fue su amigo durante esta persecución, y por medio de su presencia y la de Lord Percy, conde mariscal de Inglaterra, soporto los embates. Después de la muerte de Eduardo III le sucedió su nieto Ricardo II, con sólo once años de edad. Y al no conseguir el duque de Lancaster ser el único tutor, su poder comenzó a declinar, y los enemigos de Wyclif, aprovechándose de esta circunstancia, renovaron sus artículos de acusación en su contra, consiguiendo una prohibición para que Wyclif predicara sus enseñanzas incomodas para el Papa; pero el reformador la ignoró, predicando más vehemente que nunca. En el año 1378 surgió una contienda entre dos Papas, Urbano VI y Clemente VII, acerca de cuál era el Papa legítimo, el verdadero vicario de Cristo. Este fue un período favorable para el ejercicio de los talentos de Wyclif: pronto produjo un tratado contra el papado, que fue leído de buena gana por toda clase de gente.

Para el final de aquel año, Wyclif cayó enfermo de una fuerte dolencia, que se temía pudiera resultar fatal. Los frailes mendicantes, acompañados por cuatro de los más eminentes ciudadanos de Oxford, consiguieron ser admitidos a su dormitorio, y le rogaron que se retractara, por amor de su alma. Wyclif, sorprendido ante éste solemne mensaje, se recostó en su cama, y dijo: "No moriré, sino que viviré para denunciar las maldades de los frailes." Cuando Wyclif se recuperó se dedicó a la traducción de la Biblia al inglés. Antes de la aparición de esta obra, publicó un tratado, en el que exponía la necesidad de la misma. El celo de los obispos por suprimir las Escrituras impulsó enormemente su venta, y los que no podían procurarse una copia se hacían transcripciones de Evangelios o Epístolas determinadas. Posteriormente, cuando los lolardos fueron aumentando en número, y se encendieren las hogueras, se hizo costumbre atar al cuello del hereje condenado aquellos fragmentos de las Escrituras que se encontraran en su posesión, y que generalmente seguían su suerte.

Inmediatamente después de esto, Wyclif se aventuró un paso más, y atacó la doctrina de la transubstanciación. Extraña opinión inventada por Paschade Radbert en su debate contra Retramne Corbie sobre la Eucaristia. Wyclif, en su lectura ante la Universidad de Oxford en 1381 atacó esta doctrina, y publicó un tratado acerca de ella. El doctor Barton, vicecanciller de Oxford, condenó las doctrinas de Wyclif y lo amenazó con la excomunión. Wyclif al no conseguir ningún apoyo del duque de Lancaster, y llamado a comparecer ante su anterior adversario, William Courteney, ahora arzobispo de Canterbury, se refugió bajo el alegato de que él, como miembro de la universidad, estaba fuera de la jurisdicción episcopal. Este alegato le fue admitido, por cuanto la universidad estaba decidida a defender a su miembro. El tribunal se reunió para juzgar y condenar la enseñanza de Wyclif. El rey, a petición del obispo, concedió una licencia para encarcelar a Wyclif, pero los comunes hicieron que el rey revocara esta acción como ilegal. Sin embargo, el primado obtuvo cartas del rey ordenando a la Universidad de Oxford que investigara los libros que Wyclif había publicado; como consecuencia de esta orden, Wyclif se retiró de la Universidad. Pero sus opiniones estaban tan difundidas que se dice que de dos personas una era un lolardo. Durante este período prosiguieron las disputas entre los dos papas. Urbano y Clemente. Incluso Urbano llamo al linchamiento de Clemente.

Wyclif, en su ancianidad, reprendió al Papa con la mayor libertad, y le preguntó: "¿Cómo osáis hacer del emblema de Cristo en la cruz (que es la prenda de la paz, de la misericordia y de la caridad una bandera que nos lleve a matar a hombres cristianos por amor a dos falsos sacerdotes, y a oprimir a la cristiandad de manera peor que Cristo y Sus apóstoles fueron oprimidos por los judíos? ¿Cuándo el soberbio sacerdote de Roma concederá indulgencias a la humanidad para vivir en paz y caridad, como lo hace ahora para que luchen y se maten entre si?". Este severo escrito le atrajo el resentimiento de Urbano, y cayó víctima de una parálisis, y aunque vivió un cierto tiempo, estaba de tal manera que sus enemigos consideraron como resultado de su resentimiento. Wyclif volvió tras un breve espacio de tiempo y se reintegró a su parroquia de Lutterworth, donde era párroco; allí durmió en paz al final del año 1384. Wyclif tenía motivos por agradecerles que al menos le dieran reposo mientras vivió, y que le dieran tanto tiempo después de su muerte, cuarenta y un años de reposo en su sepulcro, antes que exhumaran su cuerpo y lo convirtieran de polvo a cenizas; cenizas que fueron luego echadas al río. Y así fue transformado en tres elementos: tierra, fuego y agua, pensando que así extinguían y abolían el nombre y la doctrina de Wyclif para siempre. No pudieron sin embargo quemar la palabra de Dios y la verdad de Su doctrina, ni el fruto y triunfo de la misma.

              i.        Juan Huss[2]

Juan Huss nació en Hussenitz, un pueblo de Bohemia, alrededor del año 1380. En 1398, Huss alcanzó el grado de bachiller en divinidad, y después fue sucesivamente elegido pastor de la Iglesia de Belén, en Praga, y decano y rector de la universidad. En estas posiciones cumplió sus deberes con gran fidelidad, y al final se destacó por su apego a las doctrinas de Wyclif. El reformista inglés Wyclif había tenido mucha influencia en varias zonas de Europa. Sus doctrinas se esparcieron por Bohemia, y fueron bien recibidas por muchas personas, entre ellos Juan Huss y su celoso amigo y compañero de martirio, Jerónimo de Praga. El arzobispo de Praga, al ver que los reformistas aumentaban a diario, emitió un decreto para suprimir el esparcimiento continuo de los escritos de Wyclif; pero esto tuvo un efecto totalmente contrario al esperado, porque sirvió de estímulo para el celo de los amigos de estas doctrinas, y casi toda la universidad se unió para propagarlas.

Simpatizante de las doctrinas de Wyclif, Huss se opuso al decreto del arzobispo, que sin embargo consiguió una bula del Papa, que le encargaba impedir la dispersión de las doctrinas de Wyclif en su provincia. En virtud de esta bula, el arzobispo condenó los escritos de Wyclif; también procedió contra cuatro doctores que no habían entregado las copias de aquel teólogo, y les prohibieron, a pesar de sus privilegios, predicar a congregación alguna. Juan Huss, junto con algunos otros miembros de la universidad, protestaron contra estos procedimientos, y apelaron contra la sentencia del arzobispo. Al saber el Papa la situación, concedió una comisión al Cardenal Colonna, para que citara a Juan Huss y compareciera personalmente en la corte de Roma, respondiendo las acusaciones en contra suya.  Juan Huss pidió que se le excusara de comparecer personalmente, enviando tres procuradores ante el Cardenal Colonna en representación suya. Pero el cardenal declaró contumaz a Huss, y por ello lo excomulgó. Los procuradores apelaron al Papa, pero no sirvió de nada, extendiéndose la excomunión no sólo a Huss sino también a todos sus amigos y seguidores.

Huss apeló contra esta sentencia a un futuro Concilio, pero sin éxito; y a pesar de la severidad del decreto y de la consiguiente expulsión de su iglesia en Praga, se retiró a Hussenitz, su pueblo natal, donde siguió propagando su nueva doctrina, tanto desde el púlpito como con su pluma. Las cartas que escribió en este tiempo fueron muy numerosas; y recopiló un tratado en el que mantenía que no se podía prohibir de manera absoluta la lectura de los libros de los reformistas. Escribió en defensa del libro de Wyclif acerca de la Trinidad, y se manifestó abiertamente en contra de los vicios del Papa, de los cardenales y del clero de aquellos tiempos corrompidos. En 1414 se convocó un Concilio general en Constanza, Alemania, con el único propósito, de aplastar el avance de la Reforma. Juan Huss fue llamado a comparecer delante de este Concilio; para alentarle, el emperador le envió un salvoconducto. Las cortesías e incluso la reverencia con que Huss se encontró por el camino eran apoteósicas Fue llevado a la ciudad en medio de grandes aclamaciones, y se puede decir que pasó por Alemania en triunfo. No podía dejar de expresar su sorpresa ante el trato que se le dispensaba. "Pensaba yo (dijo) que era un proscrito. Ahora veo que mis peores enemigos están en Bohemia." Tan pronto como Huss llegó a Constanza, vino un tal Stephen Paletz, que había sido contratado por el clero de Praga para presentar las acusaciones en su contra. A Paletz se unió posteriormente Miguel de Cassis, de parte de la corte de Roma. Estos dos se declararon sus acusadores, y redactaron un conjunto de artículos contra él, que presentaron al Papa y a los prelados del Concilio.

Cuando se supo que estaba en la ciudad, fue arrestado inmediatamente, y constituido prisionero en una cámara en el palacio. Esta violación de la ley común y de la justicia fue observada en panicular por uno de los amigos de Huss, que adució el salvoconducto imperial; pero el Papa replicó que él nunca había concedido ningún salvoconducto, y que no estaba atado por el del emperador.  Mientras Huss estuvo encerrado, el Concilio actuó como Inquisición. Condenaron las doctrinas de Wyclif, e incluso ordenaron que sus restos fueran exhumados y quemados, órdenes que fueron estrictamente cumplidas. Mientras tanto, la nobleza de Bohemia y Polonia intercedió intensamente por Huss, y prevalecieron hasta el punto de que se impidió que fuera condenado sin ser oído, cosa que había sido la intención de los comisionados designados para juzgarle. Cuando le hicieron comparecer delante del Concilio, se le leyeron los artículos redactados contra él; eran alrededor de unos cuarenta, mayormente extraídos de sus escritos. La respuesta de Juan Huss fue:"Apelé al Papa, y muerto él, y no habiendo quedado decidida mi causa, apelé asimismo a su sucesor Juan XXIII, y no pudiendo lograr mis abogados que me admitiera en su presencia para defender mi causa, apelé al sumo juez, Cristo."

Habiendo dicho Huss estas cosas, se le preguntó si había recibido la absolución del Papa o no. El respondió: "No." Luego, cuando se le preguntó si era legitimo que apelara a Cristo, Juan Huss respondió: "En verdad que afirmo aquí delante de todos vosotros que no hay apelación más justa ni más eficaz que la que se hace a Cristo. Estas excelentes expresiones fueron consideradas como manifestaciones de traición. Por ello, los obispos le privaron de sus hábitos sacerdotales, lo degradaron, le pusieron una mitra de papel en la cabeza con demonios pintados en ella, con esta expresión: "Cabecilla de herejes". Al ver esto, él dijo: "Mi Señor Jesucristo, por mi causa, llevó una corona de espinas. ¿Por qué no debería yo, entonces, llevar esta ligera corona, por ignominiosa que sea?. Cuando lo ataron a la estaca con la cadena, dijo, con rostro sonriente: "Mi Señor Jesús fue atado con una cadena más dura que ésta por mi causa; ¿por qué debería avergonzarme de ésta tan oxidada?" Cuando le apilaron la leña hasta el cuello, el duque de Baviera estuvo muy solícito con él deseándole que se retractara. "No," le dijo Huss, "nunca he predicado ninguna doctrina con malas tendencias, y lo que he enseñado con mis labios lo sellaré ahora con mi sangre." Luego le dijo al verdugo: "Vas a asar un ganso (siendo que Huss significa ganso en lengua bohemia), pero dentro de un siglo te encontrarás con un cisne que no podrás ni asar ni hervir." Si dijo una profecía, debía referirse a Martín Lutero, que apareció al cabo de unos cien años, y en cuyo escudo de armas figuraba un cisne. Finalmente aplicaron el fuego a la leña, y entonces nuestro mártir cantó un himno con voz tan fuerte y alegre que fue oído a través del crepitar de la leña y del fragor de la multitud. Finalmente, su voz fue acallada por la fuerza de las llamas, que pronto pusieron fin a su existencia. Entonces, con gran diligencia, reuniendo las cenizas las echaron al río Rhin, para que no quedara el más mínimo resto de aquel hombre sobre la tierra, cuya memoria, sin embargo, no podrá quedar abolida de las mentes de los piadosos, ni por fuego, ni por agua, ni por tormento alguno.

         ii.      Los Movimientos Populares[3]

En el caso de los movimientos populares la situación es muy distinta. Quienes los siguieron eran en su casi totalidad gente indocta. Muchos de esos movimientos eran de carácter apocalíptico, de modo que quienes formaban parte de ellos creían que el fin estaba cerca, y por tanto no veían razón alguna de narrar su historia. Es muy posible que, de haber querido hacerlo, no hubieran podido, pues se trataba de corrientes de entusiasmo que de pronto aparecían en un lugar, para luego desaparecer y brotar de nuevo en otra fecha y otro lugar. Según se decía, se trataba de gentes que utilizaban su entusiasmo religioso para dar rienda suelta a la inmoralidad y a la rapiña, odiaban a los sacerdotes y a toda la jerarquía de la iglesia, profanaban el sacramento del altar, creían que el fin del mundo estaba cercano, pretendían haber recibido una nueva revelación de Dios, o que el Espíritu Santo se había encarnado en ellas, etc. Es muy posible, y hasta probable que en algunos casos parte de esto haya sido cierto. Pero el hecho de que las mismas acusaciones se hicieran contra movimientos a todas luces diferentes nos hace sospechar que eran frecuentemente falsas. Aunque no podemos narrar aquí la historia de dichos movimientos, podemos señalar sus características comunes y su significado para la historia del cristianismo.

En el siglo XIII la iglesia había perdido flexibilidad. En 1215 el Cuarto Concilio de Letrán prohibió la fundación de nuevas órdenes, se temía que continuaran surgiendo movimientos como el franciscano, y que la iglesia no pudiera controlarlos. En el siglo XIV y XV, aquella tendencia que se había manifestado en 1215 llegó a su cumbre. La pobreza franciscana se había reinterpretado de tal modo que no requería de la orden en sí, sino sólo de sus miembros, pues como órdenes, tanto la orden de San Francisco como la de Santo Domingo se volvieron ricas y poderosas.

La cuestión de la pobreza tenía dos vertientes. De un lado estaban las gentes relativamente pudientes, que abrazaban una pobreza voluntaria, por motivos de renunciación. Tal había sido el caso, en el siglo XIII, de San Francisco de Asís. Otras veces se unían a movimientos que existían entre las clases humildes, porque les parecía que allí les era más fácil cumplir con el consejo evangélico de la pobreza.  Pero pronto surgió una multitud de movimientos que se confundían entre sí. Algunos no buscaban sino la posibilidad de practicar la pobreza voluntaria. Otros veían en los males de la época una señal de los tiempos apocalípticos. Por ello era necesario arrepentirse, castigar el cuerpo, para así salvarse del mal que pronto llegaría. Otros, pasaron del arrepentimiento a la acción, debían ser fieles al evangelio, en estos, la tarea del cristiano consistía en tomar las armas y marchar hacia el Reino de Dios, contra los tergiversaban la verdad evangélica, y destruían la justicia oprimiendo a los pobres.

Beguinas y Begardos

El monaquismo atrajo también muchas mujeres. Es muy probable que parte de este impulso entre las mujeres se haya debido a que la vida monástica era el único medio en que ellas, aun las más ricas, podían escapar de una vida completamente dirigida por los deseos y decisiones de sus padres, hermanos, esposos e hijos. Pronto los conventos tradicionales resultaron insuficientes, y hubo gran número de mujeres que se reunieron en pequeños grupos para vivir juntas y llevar una vida de oración, devoción y relativa pobreza. A estos grupos se les llamo “beguinas”, o “beguinajes” a las casas en que vivían. El origen de este nombre es oscuro, pero todo parece indicar que era despectivo, pues se utilizaba frecuentemente como sinónimo de “hereje”, o de “albigense”. Aunque algunos obispos apoyaron el movimiento, otros lo prohibieron en sus diócesis, y a fines del siglo XIII, comenzó a darse legislaciones contra este género de vida, que amenazaba la estructura de la iglesia porque, sin constituir una orden oficialmente establecida, no seguía tampoco el género de vida del resto del laicado.

Pronto se empezó a acusar a los beguinajes de ser centros de holgazanería, donde se refugiaban mujeres que no querían asumir su responsabilidad en la sociedad. En consecuencia, las beguinas se apartaron cada vez más de la iglesia jerárquica, y algunas se dieron a doctrinas supuestamente erradas. En unos pocos lugares, particularmente en los Países Bajos, lograron subsistir hasta tiempos recientes. Pero en muchos otros fueron suprimidos, o pasaron a las filas de movimientos más radicales. Al igual que las mujeres, pero en menor número y en fecha ligeramente posterior, los varones siguieron el mismo camino. Se les dio el nombre de “begardos”, y ellos también a la postre fueron acusados de herejía y suprimidos.

Los flagelantes

Los flagelantes aparecieron por primera vez en 1260, pero fue el siglo XIV el que vio su súbita expansión. Eran gentes que castigaban su propio cuerpo a latigazos, en penitencia por sus pecados. Convencidos de que el fin del mundo se acercaba, o de que Dios lo destruiría si la humanidad no daba grandes muestras de arrepentimiento, centenares y millares de cristianos se dedicaron a darse latigazos hasta hacer correr la sangre

Cuando alguien deseaba unirse al movimiento, tenía que comprometerse a seguirlo durante treinta y tres días y medio. Durante ese tiempo les debía obediencia absoluta a sus superiores. Después, aunque volvía a su casa, el flagelante quedaba comprometido a golpearse todos los años en viernes Santo. Durante los treinta y tres días el flagelante se unía a un grupo que seguía a diario un ritual prescrito. Iban en procesión hasta la iglesia, marchando de dos en dos y cantaban himnos. Tras rezarle a la Virgen en la iglesia, se dirigían a una plaza pública, siempre entonando himnos. Una vez allí, se desnudaban el torso y formaban un gran círculo. Tras postrarse en oración, quedaban hincados de rodillas y, al mismo tiempo que continuaban su canto, se flagelaban hasta sangrar. Luego se levantaban cubrían su dorso y seguían su peregrinación esto lo hacían dos veces al día. Rápidamente se propagó por toda Europa en Francia, España y apareciendo en el Reino de Hungría en el 1262. Los flagelantes pensaban que, recreando la Pasión De Cristo (penitencia), lograrían salvarse de la peste negra, a la cual consideraban un castigo mandado por Dios. El movimiento fue criticado por el Papa Clemente VI, quien pensaba que era una manera de cuestionar su poder

El Sumo Pontífice se enojó más cuando los Flagelantes comenzaron a atacar a los judíos que encontraban en su camino, acusándolos de cometer crímenes que "hacían enojar a Dios". De esta manera, en 1346 se inició la persecución de los flagelantes, a quienes también se les culpaba por ser los "responsables" de la Peste Negra que se agravó en 1348. Para concluir formalmente con la condena, el Papa condena en 1349 en su bula "Inter sollicitudines" a todos los flagelantes declarándolos herejes. Pero no consigue erradicarlos por completo. El movimiento llegó a su fin cuando fueron cometiendo crímenes por los pueblos por los que pasaban. Como eso no estaba permitido por ser pecado, la policía detuvo y condenó a los flagelantes.

Los Taboritas

Los taboritas eran miembros de una comunidad cristiana considerada herética por la Iglesia Católica. Se encontraban en la ciudad bohemia de Tábor durante las Guerras Husitas del siglo XV. El movimiento de reforma religiosa en Bohemia dio lugar a varias sectas. Empezando por las más radicales, las sectas eran: adamitas, taboritas, orebitas, utraquistas y pragueros. Debido a que el ímpetu de la revolución nació a partir de la quema de Jan Hus, para simplificarlos, muchos escritores han puesto a estas sectas bajo el nombre de husitas. Económicamente fuertes debido al control de las minas de oro locales, los ciudadanos se unieron a los campesinos para desarrollar a una sociedad de tipo comunista. Los taboritas anunciaron la llegada del milenio de Cristo en el cual no habría más criados ni amos. Prometieron que la gente volvería a un estado de inocencia original. La teología taborita representó una de las salidas más radicales a iglesia medieval jerárquica. Rechazaron el aparato externo de la iglesia que consideraban corrompido e insistieron en regirse únicamente por la autoridad de la Biblia. Aunque los teólogos de taborite eran versados en teología escolástica, estuvieron entre los primeros intelectuales en romper con los viejos métodos escolásticos.

Eran particularmente entusiastas en sus prácticas religiosas y, como otras corrientes religiosas de la época, consideraban que era su deber para matar a todos los ""herejes", es decir a los no-taboritas. Algunos de los teólogos taboritas más destacados fueron Mikuláš Biskupec de Pelhřimov y Prokop Veliký (quién murió en la batalla de Lipany). Las ideas teológicas radicales tempranas de los taborites fueron representadas por Petr Kanis y Martin Huska. El ejército taborita fue comandado por el general Jan Žižka, que con sus tropas defendió a Bohemia del ejército del emperador Segismundo. Žižka era partidario de la clemencia con los vencidos y después de una batalla, cuando su ejército lo desobedeció y mató a muchos presos, Žižka ordenó asus tropas orar por el perdón. Esta experiencia le inspiró para escribir un código de conducta militar famoso basado en parte en el libro bíblico de Deuteronomio. Žižka dejó a los tabor porque esta comunidad se hizo demasiado radical para sus creencias y asumió entonces la dirección de los orebitas, más moderados, en Hradec Králové. Debido a las numerosas cruzadas contra los husitas, taboritas y orebitas pusieron en segundo plano sus diferencias y cooperaron a menudo militarmente para derrotar las cruzadas puestas en marcha contra Bohemia. Una vez la amenaza exterior fue alejada por las victorias husitas, las varias facciones se volvieron una contra la otra. Finalmente, tras 20 años de luchas, el poderío de los taboritas fue resquebrajado en la batalla de Lipany, el 30 de mayo de 1434 en la cual 13.000 de sus 18.000 soldados fueron muertos. En 1437 firmaron el tratado de paz con el Segismundo. Aunque los taboritas dejaron de desempeñar un papel político importante, su pensamiento teológico influenció fuertemente la fundación y desenvolvimiento posterior de la Hermandad de Moravia (Unitas Fratrum) en 1457.

Hans Bohm

Corría el año 1476. Las cosechas habían sido escasas en el sur de Alemania. En la diócesis de Wurzburgo, el obispo, que era también señor de la comarca, imponía impuestos cada vez más onerosos. Un buen día del mes de marzo, el joven pastor Hans Bohm se alzó en medio de los peregrinos y comenzó a predicar. Sus palabras eran conmovedoras. Su mensaje, halló eco en los corazones de aquellas gentes angustiadas, y pronto se cuenta que el número de congregados pasó de cincuenta mil. Entonces sus mensajes se volvieron más radicales. Predico contra la vida lujosa que llevaba el obispo de Wurzburg, atacó la pompa, la avaricia y la corrupción del clero. A la postre, Bohm urgió a sus seguidores a actuar en anticipación del día del Señor, negándose a pagar toda clase de impuestos, diezmos y otras obligaciones, y señaló un día en que todos juntos marcharían a reclamar sus derechos. Lo que Bohm intentaba hacer era incitar al pueblo a construir un nuevo reino de Dios aquí en la tierra. Finalmente los soldados del obispo lo capturaron y dispersaron a sus seguidores a cañonazos. Poco después Bohm fue quemado por hereje. Pese a ello sus seguidores continuaron hasta que la iglesia fue destruida por orden del arzobispo de Mainz. Inmediatamente después de la ejecución de Bohm, el Príncipe-Obispo de Wurzburgo orquestó una estructurada campaña de desinformación con la finalidad de desacreditar duraderamente la reputación del "Santo jovenzuelo" y "Profeta", tal como en el pueblo había sido valorado. A tal efecto se encargó la composición de una balada moralista (moritat) que se presentó a la población en agosto de 1476. Como si esto fuera poco, un antiguo pastor de los predios del obispado de Wurzburgo, que también tocaba el tambor, debió transformarse por encargo en juglar, consagrarse a la flauta y a la música popular, fundamentalmente a baladas cómicas y sobre necios. El poder de tales representaciones se impuso cada vez más con el transcurso del tiempo. En 1494,Sebastian Brant publicó el libro "La nave de los necios" (traducido también como "La nave de los locos"), en la cual Hans Böhm (Behem) es representado como el "Flautista de Niklashausen'. Böhm no era ni político ni académico como su contemporáneo Girolamo Savonarola, con quien fue comparado frecuentemente en razón de su poder sobre las masas. Pero a diferencia de Böhm, Savonarola accedió al estatuto de mártir. La memoria de Böhm, que de pastor y tamborilero se metamorfoseó en "porquero" y en "el flautista Haenselein", fue recién desenterrada en el siglo XIX. Hans Böhm, "El Tamborillero de Niklashaussen", imprime así su huella proyectándose durablemente en el tiempo y desafiando la fantasía como apasionante sujeto de la historia, de la literatura y del arte cinematográfico. Este episodio es sólo uno de varias docenas que sucedieron. Los últimos años de la Edad Media se caracterizaron por un gran descontento popular, que combinaba causas sociales con motivos religiosos.

        iii.      La Alternativa Mística[4]

Los siglos XIV y XV, en medio de sus muchas frustraciones, y quizá en parte debido a ellas, fueron un período de gran exaltación religiosa. Tanto en España como en Inglaterra e Italia, hubo místicos notables cuyas obras sirvieron de inspiración a varias generaciones. Empero fue en Alemania, en las riberas del Rin, que este movimiento floreció y alcanzó sus mayores logros. A través de toda su historia, el cristianismo ha contado con hombres y mujeres cuya relación con Dios ha sido tal que se les ha dado el título de “místicos”. Pero en esa historia se han dado dos tipos distintos de misticismo, que conviene distinguir. Uno es esencialmente cristocéntrico. No pretende llegar a Dios mediante la contemplación directa, o mediante una iluminación divina, sino a través de Jesucristo. La otra clase de misticismo se deriva principalmente de la tradición neoplatónica. El propósito de quienes siguen este camino es ascender mediante la contemplación interna, hasta llegar a una unión con el Uno inefable.

A través del falso Dionisio el Areopagita, Gregorio de Niza, Agustín y otros, el neoplatonismo se unió al cristianismo de tal modo que muchos llegaron a confundirlos. Fue entonces que buena parte del misticismo cristiano, en lugar de ser cristocéntrico, tomó el segundo camino. En algunos casos, como el de Buenaventura en el siglo XIII, ambos elementos se unieron, y por ello este místico le dedica bellísimos escritos a la contemplación de la pasión de Cristo, y otros al proceso de ascender espiritualmente por los peldaños de la jerarquía de las cosas creadas, hasta llegar a la contemplación del Creador. El gran maestro del misticismo alemán fue Eckhart de Hochheim. La doctrina mística de Eckhart es esencialmente neoplatónica. Su punto de partida es la contemplación de la divinidad, el Uno inefable. Acerca de Dios, todo cuanto podamos decir resulta inexacto, y por tanto en cierto sentido falso, todo lenguaje acerca de Dios es analógico, y por tanto inexacto, y que por tanto el verdadero conocimiento de Dios no es racional, sino intuitivo. Cuando murió, aunque las acusaciones que se hacían contra Eckhart eran exageraciones o tergiversaciones de sus enseñanzas, no cabe duda de que el misticismo de este maestro alemán era muy distinto del misticismo cristocéntrico de San Bernardo y San Francisco.

Más abajo en el curso del Rin vivió el místico flamenco Juan de Ruysbroeck. Aunque es muy probable que Ruysbroeck haya leído las obras de Eckhart, y que en algunos puntos lo haya seguido, el hecho es que el misticismo del flamenco es mucho más práctico que el del maestro alemán. Esta tendencia fue llevada más lejos por Gerardo de Groote, otro místico flamenco en quien Ruysbroeck hizo gran impacto. Parte de la obra de Ruysbroeck y sus discípulos consistió en mostrar los errores de los “hermanos del espíritu libre”,  al parecer se trataba de un grupo con tendencias místicas que en virtud de su experiencia directa con Dios, no necesitaban de medios tales como la iglesia o las Escrituras. Una consecuencia notable de la obra de Gerardo de Groote fue la aparición de los Hermanos de la Vida Común. De Groote renunció a la prebenda eclesiástica de que gozaba, y se dedicó a predicar contra los abusos eclesiásticos, y a llamar a sus seguidores a una nueva vida de santidad y devoción, por ello fundaron escuelas que no tenían rival. Excepto en unos pocos casos, este misticismo alemán y flamenco de los siglos XIV y XV evitó los excesos de entusiasmo. La contemplación mística no tenía el propósito de producir grandes conmociones, sino una paz interna, por ello no fue perseguido como sucedió con Juan Huss. Pero, por otra parte, en un sentido más profundo, el misticismo constituía una amenaza, no ya para los prelados corruptos, sino para la noción misma de la iglesia jerárquica tal como la conoció la Edad Media. Pero en sus doctrinas se encontraba un fermento que a la postre quebraría con la autoridad de la jerarquía eclesiástica.

        iv.      La Teología Académica[5]

Dos características principales tuvo la teología académica después de su apogeo en Tomás de Aquino. La primera fue una tendencia constante hacia las distinciones cada vez más sutiles, las cuestiones rebuscadas y escabrosas, y el estilo denso y cargado. La segunda fue una creciente separación entre la filosofía y la teología, entre lo que la razón puede descubrir y lo que sólo se sabe porque Dios lo ha revelado. Juan Duns Escoto, el más famoso de los maestros franciscanos desde tiempos de Buenaventura, recibió con toda justificación el título de Doctor sutil. Duns Escoto no concuerda con los teólogos de la generación anterior a la suya, que creían que doctrinas tales como la de la inmortalidad del alma, o la de la omnipresencia divina, podían probarse racionalmente. Escoto no niega esas doctrinas pero señala que no son necesarias. Esta tendencia se hizo más clara en la teología de Guillermo de Occam y de sus contemporáneos y discípulos, en los siglos XIV y XV. Partiendo de la omnipotencia divina, estos teólogos llegan a la conclusión de que la razón natural no puede probar absolutamente nada con respecto a Dios ni a sus propósitos. Establecen una distinción entre el poder de Dios “absoluto”, y su poder “ordenado”. Es sólo en virtud de su poder ordenado que Dios actúa razonablemente. Según estos teólogos, no se debe decir que Dios siempre hace lo bueno, sino que todo lo que Dios hace, sea lo que fuere, es bueno. Se trataba de una teología que, tras probar que la razón sirve de poco, lo colocaba todo en manos de Dios, y estaba dispuesta a creer todo lo que el Señor hubiera revelado; y a creerlo, no por ser razonable, sino por ser revelado. De aquí se sigue que la cuestión de la autoridad es de suma importancia para la teología de los siglos XIV y XV. Si no se puede mostrar mediante la razón que tal o cual cosa son ciertos, hay que tener autoridades infalibles que nos sirvan para conocer la doctrina verdadera. Occam creía que tanto el papa como un concilio universal podían equivocarse, y que sólo las Escrituras eran infalibles. Por otra parte, esta teología le daba mucha importancia a la fe, no sólo como creencia, sino también como confianza. En resumen, en los últimos siglos de la Edad Media el escolasticismo siguió un camino que no podía sino provocar una reacción negativa por parte de gentes devotas, que veían en esa clase de teología, no una ayuda a la piedad, sino un obstáculo.


             v.        El Renacimiento Y El Humanismo[6]

El título mismo de “Renacimiento”, aplicado a una época histórica, implica un juicio negativo sobre la época que la precedió. Fue así que utilizaron el término quienes lo acuñaron. Para ellos, la “Edad Media” no era más que eso: un período intermedio entre las glorias de la antigüedad y las de los tiempos modernos. Al darle el nombre de “gótico” al arte medieval, expresaban un prejuicio que quería decir “proveniente de los godos”, y por tanto “bárbaro”. Pero lejos de ser señal de barbarie, el arte “gótico” fue uno de los mayores logros de la civilización occidental. En efecto, el supuesto “Renacimiento”, con todo y beber en parte de las fuentes de la literatura y el arte clásicos, se inspiró mucho más en los siglos XII y XIII. Su arte tiene profundas raíces en el gótico; su actitud hacia el mundo toma tanto de San Francisco como de Cicerón; y su literatura se inspira en parte en los cantares medievales que los trovadores llevaban de región en región. Pero a pesar de todo ello, es todavía lícito darle a este período, particularmente en Italia, el nombre de “Renacimiento”. Muchos de los principales intelectuales de la época veían en el pasado inmediato, y a veces en el presente, una época de decadencia con respecto a la antigüedad clásica, y por ello se dedicaron a fomentar un renacer de esa antigüedad, a volver a sus fuentes, y a imitar su lenguaje y su estilo. Es a esto que nos referimos aquí al hablar del “Renacimiento”.

En cuanto al término “humanismo”, la ambigüedad no es menor. Por una parte, se le da ese nombre a la tendencia a colocar la criatura humana en el centro del universo, y a hacer resaltar su valor. Por otra, se le da el mismo nombre al estudio de las “humanidades”. Un “humanista” no es entonces quien subraya el valor humano, sino quien se dedica a las bellas artes, y en particular a la literatura. Como veremos en el resto de este capítulo, muchos de los “humanistas” de los siglos XIV y XV, y aun después, lo eran en ambos sentidos. Su interés en las letras clásicas iba frecuentemente unido a una gran admiración por la criatura capaz de producir tales obras de arte. Pero no siempre se dio esa unión. Por tanto, a modo de simple aclaración, señalemos que en este contexto, al hablar del “humanismo”, nos referimos, no a una opinión acerca del valor de la criatura humana, sino a un movimiento literario que se caracterizó por el estudio cuidadoso de las letras clásicas, y por su imitación.


[1] Fox Jhon, libro de los Mártires, Historia de la vida y persecuciones contra Juan Wicliffe, Capítulo VII, http://www.iglesiareformada.com/Fox_7.html, consultado el 15 de junio de 2011
[2] Fox Jhon, libro de los Mártires, Historia de las persecuciones en Bohemia bajo el papado , Capítulo VIII, http://www.iglesiareformada.com/Fox_8.html, consultado el 15 de junio de 2011
[3] Gonzales Justo, Historia del Cristianismo vol 1, pag 645
[4] Gonzales Justo, Historia del Cristianismo vol 1, pag 654
[5] Gonzales Justo, Historia del Cristianismo vol 1, pag 660
[6] Gonzales Justo, Historia del Cristianismo vol 1, pag 664
Decima sesión: Historia Eclesiástica

1)      La separación de las iglesias latina y griega.

La separación de las iglesias latina y griega se hizo formalmente en el siglo once, aunque en la práctica se efectuó mucho antes. Durante cien años, la relación normal entre papas y patriarcas se caracterizó por la lucha. Al final, en 1054 d.C., el mensajero del papa puso sobre el altar de Santa Sofía, en Constantinopla, el decreto de excomunión. En base a esto, el patriarca en turno expidió su decreto de excomunión a Roma y a las iglesias que se sometían al papa. Desde ese tiempo las iglesias latina y griega se mantuvieron separadas, no reconociendo la existencia eclesiástica de la otra. La mayoría de las cuestiones que formaron las causas de la separación parecen casi triviales en nuestros días. Sin embargo, durante siglos fueron temas de violenta controversia y a veces de cruel persecución. Doctrinalmente, la principal diferencia estaba en la doctrina conocida como "la procedencia del Espíritu Santo". Los latinos repetían: "El Espíritu Santo procede del Padre y del Hijo" (filioque en latín). Los griegos decían que procedía "del Padre", dejando fuera la palabra filioque. Sobre esa sola palabra se realizaron muchos debates, se escribieron innumerables libros y aun se derramó sangre en amarga lucha. En las ceremonias de la iglesia, diferentes usos llegaron a ser costumbre en Oriente y Occidente, y estas costumbres se formularon en leyes. En la iglesia occidental se prohibió el matrimonio de los sacerdotes, pero se sancionó en la oriental. Actualmente, en toda la iglesia griega, cada sacerdote de pueblo debe ser casado. En las iglesias occidentales la adoración de imágenes se ha puesto en práctica durante mil años, mientras que en las iglesias griegas uno no ve estatuas, sino solo cuadros. Sin embargo, los cuadros están en relieve, como imágenes en bajo relieve, y seles estima con la reverencia más profunda. En el servicio de la misa, las iglesias romanas usan el pan sin levadura (la hostia), mientras que en la comunión griega se distribuye pan común. Como protesta contra la observancia judía del séptimo día, surgió la práctica de ayuno en sábado en Occidente, pero nunca se observó en Oriente. Más tarde, el día de ayuno católico romano se cambió al viernes, el día de crucifixión de nuestro Señor
Más profunda que estas diferencias de ceremonias para causar la separación de las iglesias latina y griega fue la causa política de la independencia de Europa del trono de Constantinopla, en el establecimiento del Santo Imperio Romano (800 d.C.). Aun después de la caída del antiguo Imperio de Roma en 476 d.C., la idea imperial todavía tenía fuerza. Los nuevos reinos bárbaros: godos, francos y otras razas, de una manera vaga se consideraban teóricamente como bajo el emperador de Constantinopla. Sin embargo, cuando Carlomagno estableció el Santo Imperio Romano, ocupó el lugar del antiguo imperio en forma separada e independiente de los emperadores de Constantinopla. Un estado independiente necesitaba una iglesia independiente. Sin embargo, el factor más poderoso que condujo a la separación fueron las continuas reclamaciones de Roma de ser la iglesia dominante y su papa de ser el "obispo universal". En Roma, la iglesia dominó poco a poco al estado. En Constantinopla, la iglesia estaba sumisa al estado. De manera que era inevitable el cisma entre ambas secciones con conceptos opuestos. La separación final de las dos grandes divisiones de la iglesia vino, como ya vimos, en 1054 d.C


2)      El Escolasticismo

En el siglo XI se produjo un resurgir del pensamiento filosófico, fruto del creciente encuentro entre las diferentes regiones del mundo occidental y el despertar del interés por las culturas ignotas que culminara en el renacimiento. Los trabajos de Platón, Aristóteles y otros sabios griegos fueron traducidos por eruditos árabes y se conocieron en el Occidente cristiano gracias a las aportaciones de los filósofos musulmanes de al-Andalus y a distintas traducciones del árabe al latín realizadas en los reinos cristianos de la península Ibérica. Los filósofos musulmanes, judíos y cristianos interpretaron y clarificaron esos escritos en una tentativa por conciliar la filosofía con la fe religiosa y dotar de pilares racionales a sus creencias religiosas. Su trabajo cimentó el escolasticismo.

El pensamiento escolástico estuvo menos interesado en descubrir nuevos datos y principios que en demostrar la verdad de los credos ya consolidados. Su método fue, por lo tanto, dialéctico o discursivo. El interés por la lógica del discurso llevó a importantes avances tanto en lógica como en teología. El físico árabe del siglo XII Avicena integró el neoplatonismo y las ideas aristotélicas con la doctrina religiosa musulmana y el poeta judío Solomon ben Yehuda Ibn Gabirol elaboró una síntesis semejante entre el pensamiento griego y el judaísmo. El filósofo eclesiástico y escolástico Anselmo de Canterbury adoptó la idea de san Agustín de la relación entre fe y razón y relacionó el platonismo con la teología cristiana. Anselmo, que actuaba siguiendo la teoría de las ideas de Platón, se mostró a favor de la existencia separada de los universales o las propiedades comunes de las cosas. De esta forma, estableció la posición del realismo lógico en uno de los debates más conflictivos y trascendentes de la filosofía medieval, el de los universales. La idea contraria, conocida como nominalismo, fue formulada por el filósofo escolástico Roscelino, quien afirmó que sólo existen los objetos individuales, concretos, y que los universales (formas e ideas, mediante las que se clasifican las cosas particulares) constituyen meros sonidos o signos en vez de sustancias intangibles. Cuando afirmó que la Trinidad tiene que consistir en tres existencias separadas, sus ideas fueron condenadas por heréticas y fue obligado a retractarse en 1092. El teólogo francés Pedro Abelardo, propuso un compromiso entre realismo y nominalismo conocido como conceptualismo, según el cual los universales existen en las cosas particulares como propiedades y fuera de las cosas como conceptos en la mente. Abelardo mantenía que la religión revelada tiene que ser justificada por la razón. Fundamentó una ética basada en la conciencia personal que anticipó el pensamiento protestante.

El jurista y físico hispanoárabe Averroes (el filósofo musulmán más conocido de la edad media) hizo que la ciencia y el pensamiento aristotélico tuvieran gran influencia en el mundo medieval gracias a sus lúcidos y eruditos comentarios de la obra de Aristóteles. Fue conocido como ‘el comentador’ entre los muchos escolásticos que consideraban a Aristóteles como ‘el filósofo’. Averroes intentó superar las contradicciones entre la filosofía aristotélica y la religión revelada distinguiendo entre dos sistemas de verdad separados: un cuerpo científico de verdades basado en la razón, y un cuerpo religioso de verdades inspirado en la revelación. Su idea de que la razón tiene preferencia sobre la religión le llevó en 1195 al exilio. La llamada doctrina de la doble verdad de Averroes influyó sobre numerosos filósofos musulmanes, judíos y cristianos, pero también fue rechazada por muchos otros autores y se convirtió en un problema importante en el ámbito de la cultura medieval.

El rabino y físico judío Maimónides (una de las figuras más destacadas del pensamiento judaico), al igual que Averroes, unió la ciencia aristotélica con la religión, pero rechazó la idea de que ambos sistemas contrarios pudieran ser verdaderos. En su Guía de perplejos (1180) Maimónides intentó dar una explicación racional a la doctrina judaica y defendió las creencias religiosas (como la de la creación del mundo) que entraban en conflicto con la ciencia aristotélica, sólo cuando estuvo convencido de que faltaban evidencias decisivas en el sustrato de ambas posturas. El teólogo escolástico inglés Alejandro de Hales y el filósofo escolástico italiano san Buenaventura, los dos en el siglo XIII, fundieron los principios platónicos y aristotélicos e introdujeron la idea de que el alma es forma y sustancia a la vez (o sustancia no material), para explicar su naturaleza inmortal. La idea de Buenaventura tendió hacia el misticismo panteísta al hacer del fin de la filosofía la unión extática con Dios.

El filósofo escolástico alemán Alberto Magno fue el primer filósofo cristiano en aprobar e interpretar la totalidad del pensamiento aristotélico. Estudió y admiró los escritos de los aristotélicos musulmanes y judíos, que conoció por los trabajos de la Escuela de Traductores de Toledo, y escribió comentarios enciclopédicos sobre Aristóteles y la ciencia natural de su tiempo. Alberto Magno murió en 1280. El monje inglés Roger Bacon, uno de los primeros escolásticos en mostrar interés por la ciencia experimental, advirtió que quedaba mucho por aprender aún sobre la naturaleza. Criticó el método deductivo de sus contemporáneos, así como la confianza de éstos en la autoridad del pasado, proponiendo un nuevo método de investigación basado en la observación controlada.[1]

3)      Tomas de Aquino

La mayor figura intelectual de la era medieval fue Tomás de Aquino, monje dominico que estudió con Alberto Magno, a quien siguió hasta Colonia en 1248. Aquino unió la ciencia aristotélica y la teología agustina en un amplio sistema de pensamiento que más tarde se convirtió en la filosofía autorizada de la Iglesia católica. Escribió sobre cualquier tema conocido en filosofía y ciencia, y sus obras más importantes, Summa theologica y Summa contra Gentiles, donde presenta una estructura de ideas convincente y sistemática, sigue ejerciendo hoy una poderosa influencia en el pensamiento occidental. Sus textos reflejan el renovado interés de su tiempo por la razón, la naturaleza y la felicidad en este mundo, junto con su fe religiosa y preocupación por la salvación del hombre. Aquino mantuvo, en contra de los averroístas, que las verdades de la fe y las verdades de la razón no podían estar en conflicto, sino que más bien son aplicadas a campos diferentes. Las verdades de la ciencia natural y de la filosofía son descubiertas al razonar a partir de datos de la experiencia, mientras que los principios de la religión revelada (la doctrina de la Trinidad, la creación del mundo y otros fundamentos del dogma cristiano) están más allá de la comprensión racional, aunque éstos no hayan de ser contradictorios respecto a la razón y deban aceptarse mediante la fe. La metafísica, teoría del conocimiento, ética y política de Aquino provenían sobre todo de Aristóteles, pero el dominico incorporó en sus doctrinas las virtudes agustinianas de la fe, esperanza y caridad y el destino de la salvación eterna a través de la gracia, a la ética naturalista de Aristóteles, cuya meta es conseguir la felicidad en este mundo

4)        La Inquisición.[2]

La Inquisición medieval fue establecida en 1184 mediante la bula del papa Lucio III, como un instrumento para acabar con la herejía cátara. Fue el precedente del cual nacería el Tribunal de la Santa Inquisición y del Santo Oficio. En las siguientes décadas, el proceso de la Inquisición resultó intermitente y contradictorio en muchas ocasiones. Un ejemplo vivo fue el caso del primer director de la Inquisición de Hungría, Paulus Hungarus, quien defendió a los chamanes paganos húngaros valiéndose de su gran influencia con el Papa Inocencio III, e inclusive aseguró que estos al adorar al sol adoraban al ente supremo que era el mismo Dios, así que no hallaba razón para condenar a la gente. Paulus Hungarus fue uno de los primeros monjes dominicos, quien escribió importantes documentos como la Suma de poenitentiae, tendiendo las bases de la nueva orden a petición de Domingo de Guzmán. Sin embargo, Paulus fue destituído y reemplazado por un religioso más estricto cerca de 1232, luego de iniciada propiamente la Santa Inquisición.

En el siglo XIII en Europa, particularmente en el sur de Francia, se había extendido un grupo llamado “los cátaros o albigenses” “puros”, que pretendía ser una renovación espiritual de la vida cristiana. Tenía influencias doctrinales del gnosticismo y maniquesmo. Afirmaban que había dos principios irreconciliables en lucha permanente: el bien y el mal; el primero era espiritual, mientras que el segundo iba vinculado a la materia, la cual era considerada como intrínsecamente mala. Por consiguiente, el cuerpo era malo y había que hacer lo posible, a través de un ascetismo bastante riguroso, para liberarse de su influencia. Por eso mismo, consideraban el matrimonio y la sexualidad como realidades malas en sí mismas. Se rebelaban contra las autoridades eclesiásticas. Además, predicaban el ideal de la perfección unido a las prácticas ascéticas. también creían en la reencarnación. Las almas se reencarnarían hasta que fuesen capaces de un autoconocimiento que les llevaría a la visión de la divinidad y así poder escapar del mundo material y elevarse al paraíso inmaterial. A raíz de este hecho, la posibilidad cada vez más real de que Inocencio III decidiese resolver el problema cátaro mediante una cruzada. En 1208 el Papa decretó que toda la tierra poseída por los cátaros podía ser confiscada a voluntad y que todo aquel que combatiera durante cuarenta días contra los "herejes", sería liberado de sus pecados. La cruzada logró la adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia. Perseguidos por la Inquisición y abandonados por los nobles, los cátaros se hicieron más y más escasos, escondiéndose en los bosques y montañas, y reuniéndose sólo subrepticiamente. El pueblo hizo algunos intentos de liberarse del yugo francés y de la Inquisición, estallando en revueltas al principio del siglo XIV. Pero en este punto la secta estaba exhausta y no pudo encontrar nuevos adeptos. Tras 1330, los registros de la Inquisición apenas contienen procedimientos contra los cátaros.

Los valdenses, si bien sostenía la mayoría de las verdades de la fe, presentaba una dura oposición a la Iglesia. Presentaba la pobreza extrema como la única manera de vivir la relación con los bienes materiales. Pretendía oponerse así al lujo en que vivían algunos miembros del clero. Negaban el sacerdocio, la Misa y el purgatorio. A mediados del siglo XIII, el inquisidor de Passau —Baviera— nombraba 42 poblaciones donde los valdenses habían echado raíces; y en Austria, el inquisidor Krens hacía quemar a principios del siglo XIV 130 valdenses. Se cree que el número de ellos en Austria no bajaba de 80.000. Reinerius, inquisidor de Passau en el siglo XIII. En su primera etapa (hasta 1230), se denomina oficialmente "Inquisición episcopal" porque no dependía de una autoridad central, sino que era administrada por los obispos locales. En 1231, ante el fracaso de la Inquisición episcopal, el Papa Gregorio IX , mediante la bula Excommunicamus creyó conveniente la creación de una institución que se dedicara al asunto de la defensa de la fe, la "Inquisición pontificia", dirigida directamente por el Papa y dominada por órdenes mendicantes, y convocó a los dominicos, orden religiosa de reciente fundación, para que llevaran adelante la lucha contra la herejía. La así llamada Orden de Predicadores debía dar cuenta de su proceder solamente al Pontífice y quedaba libre de la injerencia episcopal.  En 1252, el papa Inocencio IV autorizó en la bula Ad extirpanda el uso de la tortura para obtener la confesión de los reos.

En el siglo XV, ante la nueva crisis de la iglesia, Pablo IV autorizó, la reorganización de esta institución tribunalicia a la que le dio cierto grado de autonomía con decisiones inapelables y dependiente únicamente de la autoridad papal. Este tribunal ejercía actividades fiscalizadoras tanto en los religiosos como en los fieles de la vida civil. Persiguió, encarcelo, atormentó y quemó en la hoguera, mediante los llamados "autos de fe", a miles de personas en el afán desmedido de detener, la propagación del protestantismo y la difusión ideológica, tanto en Europa como en América.

En el virreynato peruano, el tribunal de la Santa Inquisición se estableció durante el gobierno del virrey Toledo, por Real Cédula del 25 de enero de 1569. Empezó a funcionar al año siguiente, en 1570. Su misión no era otra que combatir a los herejes. En este sentido, sus atribuciones eran las mismas que tenía el Tribunal Inquisitorial de España. Se buscaba  preservar la religión católica, mucho más aún cuando Felipe II, se había convertido en ardiente defensor y propagador de la fe. Los actos públicos en los que comparecían los acusados y en los que se proclamaba la sentencia recibían el nombre de «auto de fe». De estos hubo 27 a lo largo de la historia del virreinato, siendo el primero el 15 de noviembre de 1573. La pena de muerte en la hoguera no se realizaba nunca en el mismo lugar del «auto de fe», sino fuera de la ciudad. En Lima, el «quemadero» se hallaba en el Pedregal, en las cercanías del cerro San Cristóbal. A partir del siglo XVIII la actividad de la Inquisición fue disminuyendo, en parte por la disminución de las denuncias, en parte por la mayor tolerancia de los jueces. Fue suprimida en todos los dominios españoles por las Cortes de Cádiz, el 22 de febrero de 1813. Aunque hubo un intento de restablecimiento en 1814, el tribunal no volvería a funcionar de manera efectiva, y por Real Orden quedaría definitivamente suprimido el 9 de marzo de 1820.

Modo de proceder de la Inquisición

La finalidad buscada según la iglesia católica (aunque no siempre fue así) era la conversión de los herejes y su reintegración a la Iglesia. Había todo un procedimiento dividido en etapas. Una vez llegados al pueblo donde se sospechaba de la existencia de herejes, se proclamaba el tiempo de gracia, que variaba de 15 a 30 días. En este tiempo, todo hereje podía confesar sus errores, siendo a cambio tratado benignamente y recibiendo penas menores. Se proclamaba el edicto de fe y, bajo pena de excomunión, se exigía de todos que delatasen a los herejes o sospechosos de herejía. Terminado el mes de gracia, se procedía a la persecución y se citaba de manera enérgica a los sujetos acusados, que, en caso de no acudir, eran declarados contumaces, con pena de excomunión provisional (definitiva pasado un año).

Luego seguía el interrogatorio, donde se procedía a examinar a los acusados para verificar si procedía o no la acusación hecha. Esto generalmente se hacía ante dos religiosos y un notario, que ponía por escrito los descargos del acusado. En caso de que el acusado se negase obstinadamente a confesar su culpa, habiendo indicios bastante probables de que hubiese incurrido en herejía, se procedía a la tortura. El notario debía estar preparado para escribir la confesión que el acusado hiciera en este caso. Luego venía la sentencia, en la que varias personas, entre religiosos y laicos de probada honradez, examinaban los datos que se tenían sobre el incriminado y emitían su opinión sobre si había culpabilidad o no. En caso de haber sido arrancada la confesión por medio de la tortura, también se examinaba su veracidad, es decir, si había sido hecha solamente por miedo a los castigos corporales o si se podía considerar auténtica. En sesión pública, generalmente en domingo para que pudiese asistir la población, se proclamaba la sentencia.

El último paso era la ejecución de la sentencia, que era llevada a cabo por la autoridad civil («el brazo secular»). En caso de que se aplicara la pena de muerte, ésta no debía conllevar derramamiento de sangre; por lo tanto, la hoguera era el medio preferido. La pena de hoguera se aplicaba a los herejes confesos mientras que a aquellos que pedían la reconciliación en el último momento se les estrangulaba primero después se incineraba su cadáver. En un momento se quiso extender los procesos de idolatría contra los indios, pero esta moción no prosperó. La Inquisición sólo tenía potestad para con los españoles cristianos de los cuales se sospechase de herejía. Los indios eran conversos recientes, de los cuales no se podía exigir un conocimiento ni una práctica exhaustiva de la fe.  Otras penas para el delito de herejía que se aplicaban con mucha mayor frecuencia que la pena de muerte, que era considerada una medida extrema y excepcional, eran: remar en las galeras, el destierro, la confiscación de bienes, la cárcel. Otras sentencias menos duras eran las peregrinaciones, los azotes, los signos de infamia (vestidos humillantes de color amarillo, vela verde, soga a la garganta, coroza blanca).

Valoración

La inquisición es comparable a la caza de brujas efectuada por los protestantes en Europa da como resultado unas 300,000 personas ajusticiadas a muerte, de las cuales 200,000 lo fueron sólo en Alemania. La Revolución Francesa, en el período del terror que va de 1792 a 1794, ejecutó en la guillotina a unas 34,000 personas, de las cuales 12,000 no recibieron juicio. Otras masacres como los linchamientos de negros en los Estados Unidos de Norteamérica a principios del siglo XX, ni las referentes a las matanzas de judíos y cristianos en la Alemania nacionalsocialista de Hitler. En el Perú, el período que va de 1570 a 1820, sólo sentenció a muerte a 30 personas.




[1] Escolasticismo consultado el 4 de junio de 2011
Novena sesión: Historia Eclesiástica

1)  El lugar de las cruzadas en la historia de la iglesia.

              i.        Trasfondo de Las Cruzadas:

Desde la Edad Media la palabra “cruzada” simbolizó todas las guerras emprendidas contra los infieles musulmanes. Sin embargo, la idea de la cruzada corresponde a una concepción política que se dio sólo en la Cristiandad del siglo XI al XV; suponía la unión de todos los pueblos y soberanos bajo la dirección de los papas. Después de pronunciar un voto solemne, cada guerrero recibía una cruz de las manos del Papa o de su legado, y era desde ese momento considerado como un soldado de la Iglesia. A todos los cruzados se le concedían indulgencias y privilegios temporales, tales como exención de la jurisdicción civil, inviolabilidad de personas o tierras, etc. De todas esas guerras emprendidas en nombre de la Cristiandad, las más importantes fueron las Cruzadas Orientales, con el objetivo específico de restablecer el control cristiano de Tierra Santa, que se libraron durante un período de casi 200 años, entre 1095 y 1291.

                   - Motivos
Aparte de la recuperación de los “lugares santos”, los Papas vieron en las Cruzadas un instrumento de integración entre Roma y Constantinopla, además de una forma de elevar su prestigio ante los emperadores germanos. También fue un medio de desviar la guerra endémica entre los señores cristianos hacia una causa común, la lucha contra los infieles. Además parece que fueron motivadas por los intereses expansionistas de la nobleza feudal, el control del comercio con Asia y el afán hegemónico del papado sobre las monarquías y las iglesias de Oriente. El éxito de esta iniciativa y su conversión en un fenómeno histórico que se extenderá durante dos siglos, se deberá tanto a aspectos de la vida económica y social de los siglos XI al XIII, como a cuestiones políticas y religiosas, en las que intervendrán una gran variedad de agentes: como la difícil situación de las masas populares de Europa occidental; el ambiente escatológico, que hacía de la peregrinación a Jerusalén el cumplimiento del supremo destino religioso de los fieles; o los intereses comerciales de las ciudades del norte de Italia que participaban en estas expediciones y que encontraron en las cruzadas su oportunidad de intensificar sus relaciones comerciales con el mediterráneo oriental, convirtiéndose en las grandes beneficiarias del proceso. Los comerciantes italianos reabrieron el Mediterráneo oriental al comercio occidental, monopolizaron el tráfico y se convirtieron en intermediarios y distribuidores en Europa de las especies y otros productos traídos de China e India. También tuvo su papel la necesidad de expansión de la sociedad feudal, en la que el marco de la organización señorial se vio desbordado por el crecimiento, obligando a emigrar a muchos “segundones” de la pequeña nobleza en busca de nuevas posibilidades de lucro. De esta procedencia eran la mayoría de los caballeros franconormandos que formaron la mayor parte de los contingentes de la primera cruzada.

                     - Antecedentes
En torno al año 1000, Constantinopla se erigía como la ciudad más próspera y poderosa del mundo conocido. Situada en una posición fácilmente defendible, en medio de las principales rutas comerciales, y con un gobierno centralizado en la persona del Emperador, además de un ejército capaz, hacían de la ciudad y los territorios gobernados, una nación sin par en todo el orbe. Gracias a las acciones emprendidas por el Emperador Basilio II Bulgaroktonos, los enemigos más cercanos a sus fronteras habían sido humillados y absorbidos en su totalidad.[1]

Sin embargo, tras la muerte de Basilio, monarcas menos competentes ocuparon el trono bizantino, al tiempo que en el horizonte surgía una nueva amenaza proveniente de Asia Central. Eran los turcos, tribus nómadas que, en el transcurso de esos años, se habían convertido al Islam. Una de esas tribus, los turcos selyúcidas (llamadas así por su mítico líder Selyuk), con todo el fanatismo de los recién conversos, se lanzó contra el "infiel" Imperio Bizantino. En la batalla de Manzikert, en el año 1071, el grueso del ejército imperial fue arrasado por las tropas turcas, y uno de los co-Emperadores (Romano IV) fue capturado. A raíz de esta debacle, los Bizantinos debieron ceder la mayor parte de Asia Menor a los selyúcidas. Ahora había fuerzas musulmanas apostadas a escasos kilómetros de la misma Constantinopla. Por otra parte, los turcos también habían avanzado en dirección sur, hacia Siria y Palestina. Una a una las ciudades del Mediterráneo Oriental cayeron en sus manos, y en 1070, un año antes de Manzikert, entraron en la Ciudad Santa, Jerusalén.

Estos dos hechos conmocionaron tanto a Europa Occidental como a la Oriental. Ambos empezaron a temer que los turcos fueran a engullir lentamente al mundo cristiano, haciendo desaparecer su religión. Además, empezaron a llegar numerosos rumores acerca de torturas y otros horrores cometidos contra peregrinos en Jerusalén por las autoridades turcas. La paciencia iba a agotarse en algún momento. En 1074, el papa Gregorio VII llamó a los milites Christi ("soldados de Cristo") para que fuesen en ayuda del Imperio bizantino tras su dura derrota en la batalla de Mantzikert. Su llamada, si bien fue ampliamente ignorada e incluso recibió bastante oposición, junto con el gran número de peregrinos que viajaban a Tierra Santa durante el siglo XI y a los que la conquista de Anatolia había cerrado las rutas terrestres hacia Jerusalén, sirvieron para enfocar gran parte de la atención de occidente en los acontecimientos de oriente.

En 1081, subió al trono Bizantino un general capaz, Alejo Comneno, que decidió hacer frente de manera enérgica al expansionismo turco. Pero pronto se dio cuenta de que no podría hacer el trabajo solo, por lo que inició acercamientos con Occidente, a pesar de que la rama occidental y oriental de la cristiandad habían roto relaciones en 1054. Alejo estaba interesado en poder contar con un ejército mercenario occidental que, unido a las fuerzas imperiales, atacaran a los turcos en su base y los mandaran de vuelta a Asia Central. Deseaba en particular usar soldados normandos, los cuales habían conquistado el reino de Inglaterra en 1066 y por la misma época habían expulsado a los mismos bizantinos del sur de Italia. Debido a estos encuentros, Alejo conocía muy bien el poder de los normandos. Y ahora los quería como aliados. Alejo envió emisarios a hablar directamente con el papa Urbano II, para pedirle su intercesión en el reclutamiento de los mercenarios. El Papado ya se había mostrado capaz de intervenir en asuntos militares cuando promulgó la llamada "Tregua de Dios", mediante la cual se prohibía el combate desde el viernes al atardecer hasta el lunes al amanecer, lo cual disminuyó notablemente las contiendas entre los pendencieros nobles. Ahora era otra oportunidad de demostrar el poder del papa sobre la voluntad de Europa.

En 1095, Urbano II convocó un concilio en la ciudad de Piacenza. Allí expuso la propuesta del Emperador, pero el conflicto con el Emperador Romano Germánico, Enrique IV (quien estaba apoyando a un anti Papa, Clemente III), primó sobre la petición de Constantinopla. La invitación a una cruzada masiva contra los turcos arribaría en forma de embajadas francesas e inglesas a las cortes de los reinos medievales más importantes: Francia, Inglaterra, Alemania y Hungría. El anuncio formal sería en el Concilio de Clermont, que se reunió en el corazón de Francia el 27 de noviembre de 1095, el papa Urbano pronunció un inspirado sermón frente a una gran audiencia de nobles y clérigos franceses. Hizo un llamamiento a su audiencia para que arrebatasen el control de Jerusalén de las manos de los musulmanes y, para enfatizar su llamamiento, explicó que Francia sufría sobrepoblación, y que la tierra de Canaán se encontraba a su disposición rebosante de leche y de miel. Habló de las recompensas tanto terrenales como espirituales, ofreciendo el perdón de los pecados a todo aquel que muriese en la misión divina, y la multitud se dejó llevar en el frenesí religioso y en el entusiasmo por la misión interrumpiendo su discurso con gritos de Deus vult! (¡Dios lo quiere!) que habría de convertirse en el lema de la Primera Cruzada. La sociedad europea, había ido acumulando un considerable potencial bélico. Por otra parte, el Islam se había erigido en un peligroso y fuerte enemigo. Ambas cosas se aunaron y dieron origen a las Cruzadas, proyectadas por la Cristiandad Occidental para salvar a la Cristiandad Oriental de los musulmanes. El resultado, sin embargo, quedó lejos de los propósitos y el movimiento cruzado, considerado históricamente, fue un fracaso discutible (aunque más de cien años de comercio demuestren lo contrario).

                    - El contexto oriental
A finales del siglo XI, hacia el este, el vecino más cercano de la cristiandad occidental era la cristiandad oriental: el Imperio bizantino, un imperio cristiano que desde el Cisma de Oriente de 1054 había roto explícitamente sus vínculos con el Papa de Roma, cuya autoridad dejó de reconocerse. Diferencias dogmáticas (la cláusula filioque y la eucaristía) permitieron definir la oposición entre la Iglesia Católica occidental y la Iglesia Ortodoxa oriental. Las últimas derrotas militares del Imperio bizantino frente a sus vecinos habían provocado una profunda inestabilidad que sólo se solucionaría con el ascenso al poder del general Alejo I Comneno como basileus (emperador). Bajo su reinado, el imperio estaba confinado en Europa y la costa oeste de Anatolia y se enfrentaba a muchos enemigos, con los normandos al oeste y los selyúcidas al este. Más hacia el este, Anatolia, Siria, Palestina y Egipto se encontraban bajo el control musulmán, aunque hasta cierto punto fragmentadas por cuestiones culturales en la época de la Primera Cruzada. Este hecho contribuyó al éxito de esta campaña. Anatolia y Siria se encontraban bajo el control de los selyúcidas suníes, que antiguamente habían formado un gran imperio, pero que en ese momento estaban divididos en estados más pequeños. El sultán Alp Arslan había derrotado al Imperio bizantino en la Batalla de Manzikert, en 1071, y había logrado incorporar gran parte de Anatolia al imperio. Sin embargo, el imperio se dividió tras su muerte al año siguiente. Malik Shah I sucedió a Alp Arslan y continuaría reinando hasta 1092, periodo en el que el imperio selyúcida se enfrentaría a la rebelión interna. En el Sultanato de Rüm, en Anatolia, Malik Shah I sería sucedido por Kilij Arslan I, y en Siria por su hermano Tutush I, que murió en 1095. Los hijos de este último, Radwan y Duqaq, heredaron Alepo y Damasco respectivamente, dividiendo Siria todavía más entre distintos emires enfrentados entre ellos y enfrentados también con Kerbogha, el atabeg de Mosul. Todos estos estados estaban más preocupados en mantener sus propios territorios y en controlar los de sus vecinos que en cooperar entre ellos para hacer frente a la amenaza cruzada. En otros lugares de lo que nominalmente era territorio selyúcida se había consolidado también la dinastía artúquida. En particular, esta nueva dinastía controlaba el noroeste de Siria y el norte de Mesopotamia, y también controló Jerusalén hasta 1098. Al este de Anatolia y al norte de Siria se fundó un nuevo estado, gobernado por la que se conocería como la dinastía de los danisméndidas por haber sido fundada por un mercenario selyúcida conocido como Danishmend. Los cruzados no llegaron a tener ningún contacto significativo con estos grupos hasta después de la Cruzada. Por último, también hay que tener en cuenta a los nizaríes, que por entonces estaban comenzando a tener cierta relevancia en los asuntos sirios.

Mientras que la región de Palestina estuvo bajo dominio persa y durante la primera época islamista, los peregrinos cristianos fueron, en general, tratados correctamente. Uno de los primeros gobernantes islámicos, el califa Umar ibn al-Jattab, permitía a los cristianos llevar a cabo todos sus rituales salvo cualquier tipo de celebración en público. Sin embargo, a comienzos del siglo XI, el califa fatimí Huséin al-Hakim Bi-Amrillah comenzó a perseguir a los cristianos en Palestina, persecución que llevaría, en 1009, a la destrucción del templo más sagrado para ellos, la Iglesia del Santo Sepulcro. Más adelante suavizó las medidas contra los cristianos y, en lugar de perseguirles, creó un impuesto para todos los peregrinos de esa confesión que quisiesen entrar en Jerusalén. Sin embargo, lo peor estaba todavía por llegar: Un grupo de musulmanes turcos, los selyúcidas, muy poderosos, agresivos y fundamentalistas en cuanto a la interpretación y cumplimiento de los preceptos del Islam, comenzó su ascenso al poder. Los selyúcidas veían a los peregrinos cristianos como contaminadores de la fe, por lo que decidieron terminar con ellos. En ese momento comenzaron a surgir historias llenas de barbarie sobre el trato a los peregrinos, que fueron pasando de boca en boca hasta la cristiandad occidental. Estas historias, no obstante, en lugar de disuadir a los peregrinos, hicieron que el viaje a Tierra Santa se tiñese de un aura mucho más sagrada de la que ya tenía con anterioridad. Egipto y buena parte de Palestina se encontraban bajo el control del califato fatimí, de origen árabe y de la rama chií del Islam. Su imperio era significativamente más pequeño desde la llegada de los selyúcidas, y Alejo I llegó incluso a aconsejar a los cruzados que trabajasen conjuntamente con los fatimíes para enfrentarse a su enemigo común, los selyúcidas. Por entonces, el califato fatimí era gobernado por el califa al-Musta'li (aunque el poder real estaba en manos del visir al-Afdal Shahanshah), y tras haber perdido la ciudad de Jerusalén frente a los selyúcidas en 1076, la habían recapturado de manos de los artúquidas en 1098, cuando los cruzados ya estaban en marcha. Los fatimíes, en un principio, no consideraron a los cruzados como una amenaza, puesto que pensaron que habían sido enviados por los bizantinos, y que se contentarían con la captura de Siria, y dejarían Palestina tranquila. No enviaron un ejército contra los cruzados hasta que éstos no llegaron a Jerusalén.

         ii.      Las peregrinaciones y la Guerra Santa

Tierra Santa fue un destino inmediato desde el principio, por la devoción a Cristo y la buscada ósmosis del contacto con los lugares evangélicos. Tanta llegó a ser la gente que peregrinaba, que provocó agudas protestas por parte de San Gerónimo, San Agustín y San Gregorio de Nyssa, a causa de sus desviaciones. Constantino, y el reconocimiento oficial de la Iglesia, abrió todavía más la avalancha de peregrinos, avivada por el sospechoso hallazgo por parte de su madre, Elena, de la verdadera cruz y los clavos de Cristo. Los cruzados no tenían otro objeto que mantener abierto ese camino, en el momento de las grandes intolerancias religiosas.

La frecuencia del fenómeno del hallazgo de cuerpos y reliquias de santos creó un problema de superabundancia, con un ritual del hallazgo que casi siempre era el mismo: sueños, revelaciones, luces. Todo ello ya era frecuente en los siglos IV y V, provocando una reacción adversa de la Iglesia ante tanto hallazgo o invención. Después, todo el abuso y comercio de las reliquias, que fue de gran importancia durante toda la Edad Media, donde se compraban y vendían cuerpos y partes de cuerpos de mártires y santos. La fiebre de reliquias y lugares santos fue tal, que los caminos se llenaron de peregrinos para pedir la intercesión de los mismos, que según San Teoderetto acudían "…los que están sanos les piden la conservación de la salud; los que luchan con la enfermedad, su curación… ". El fundamento, pues de la peregrinación era siempre el mismo: mejorar la actualidad presente del individuo. En ese contexto los caminos se llenaban de gentes creyentes y necesitadas del poder mediático del santo ante la divinidad que produjera el milagro o la continuación del bienestar. Después vendría la publicidad de los Libros de Milagros, y toda la difusión del lugar que ello significaba. Isidoro de Sevilla, señala entre los siglos VI y VII, que “peregrino” es el que “se encuentra lejos de su patria”. Y durante la Plena Edad Media el peregrino será ya el que se expatría para hacer un viaje iniciático a “los lugares santos”. A mediados del siglo XIII, leemos en las Partidas” de Alfonso X el Sabio que “romero” es el que “va a Roma” donde yacen los cuerpos de San Pedro y San Pablo, y que “pelegrino” tanto quiere decir, como ome estraño, que va a visitar el sepulcro de Hierusalem… o que andan en pelegrinaje a Santiago…. Pero el mayor centro de de peregrinación que hubo en la Edad Media fue hacia Jerusalén.[2]

        iii.      Las ocho cruzadas

Las primeras cruzadas se plantearon como una causa de justicia a favor de los cristianos residentes en Jerusalén, como una guerra justa por el evangelio. Era defender la cristiandad v/s Islam, liberar a los cristianos, establecer la paz y la justicia en Jerusalén, recuperar Iglesias. La historiografía tradicional contabiliza ocho cruzadas, aunque en realidad el número de expediciones fue mayor. Las tres primeras se centraron en Palestina, para luego volver la vista al Norte de África o servir a otros intereses, como la IV Cruzada.

·              La I cruzada (1095-1099) dirigida por Godofredo de Bouillon, Raimundo IV de Tolosa y Bohemundo I de Tarento fue llevada a cabo por los Normandos del Sur de Italia, los franceses del sur y del norte (separadamente) y los alemanes y flamencos, en 1097 se apoderan de Nicea (1097), Antioquia (1098), y finalmente se dirigen en 1099 a Jerusalén, a la que toman y se termina estableciendo un reino cristiano bajo la autoridad de Godofredo de Bouillon.

·               La II Cruzada (1147-1149) predicada por San Bernardo de Clairvaux tras la toma de Edesa por los turcos, y dirigida por Luis VII de Francia y el emperador Conrado III, se organiza para defender el reino cristiano, pero tanto Luis VII de Francia como Conrado III de Alemania fracasan en el asalto a Damasco (1148) y hacía 1187, Saladino lográ apoderarse de Jerusalén

·              La III Cruzada (1189-1192) fue una consecuencia directa de la toma de Jerusalén (1187) por Saladino. Dirigida por Ricardo Corazón de Léon, Felipe II Augusto de Francia y Federico III (Barbarroja) de Alemania, no alcanzó sus objetivos, Barbarroja murió en el camino hacía 1190 y los otros deciden volver a Francia e Inglaterra a luchar entre ellos, aunque Ricardo tomaría Chipre (1191) para cederla luego al Rey de Jerusalén, y junto a Felipe Augusto, Acre (1191). Luego de esto se da el segundo grupo de cruzadas oficiales (las que se rigen más por un interés económico que religioso):

·             La IV Cruzada (1202-1204), inspirada por Inocencio III contra Egipto y preparada por caballeros franceses terminó desviándose hacia el Imperio Bizantino, cediendo a las peticiones de los mercaderes venecianos de tomar primero Constantinopla para lograr un predominio en el Mediterráneo. Tras la toma y saqueo de Constantinopla (1204) se constituyó sobre el viejo Bizancio el Imperio Latino de Occidente, organizado feudalmente y con una autoridad muy débil. Desapareció en 1291 ante la reacción bizantina que constituyeron el llamado Imperio de Nicea, al tiempo que Génova sustituía a Venecia en el control del comercio bizantino. Hacía 1204,

·            La V Cruzada (1217-1221), dirigida por Andrés II de Hungría y el caballero francés Juan de Brienne, tuvo como objetivo el sultanato de Egipto y terminó en un rotundo fracaso.

·            La VI Cruzada (1228-1229) fue la más extraña de todas, dirigida por un soberano excomulgado, Federico II de Alemania, alcanzó unos objetivos sorprendentes para la época: el condominio confesional de Jerusalén, Belén y Nazareth (1299), status que sin embargo duraría pocos años.

·            La VII Cruzada (1248-1254) fue liderada por Luis IX de Francia. En 1254 se agotron los recursos económicos de Luis, por lo que abandonó la causa. Con su retorno a su tierra, concluyó la cruzada con un fracaso para los europeos.

·           La VIII cruzada (1271) también fue iniciativa de Luis IX. Dirigida contra Túnez concluyó con la muerte de San Luis ante la ciudad sitiada.[3]

        iv.      Historia Posterior De Las Cruzadas

Las Cruzadas influyeron en múltiples aspectos de la vida medieval, aunque, en general, no cumplieron los objetivos esperados. Casi todas las expediciones militares sufrieron importantes derrotas. Jerusalén se perdería en 1187 y lo que quedó de las posiciones cristianas tras la III Cruzada hasta su definitiva pérdida en el siglo XIII (San Juan de Acre -1291) se limitaba a una estrecha franja litoral cuya pérdida era cuestión de tiempo. Además, los señores de Occidente llevaron sus diferencias tanto a las propias Cruzadas (Luis VII de Francia y Conrado III en la II Cruzada; Ricardo Corazón de León y Felipe II Augusto en la III) como a los estados cristianos fundados en Tierra Santa, dónde los intereses de los diferentes grupos dieron lugar a numerosos conflictos.

En el intento de reensamblar las cristiandades latina y griega, no sólo falló la Cruzada, sino que acentuó el odio y la diferencia entre ellas, convirtiéndose en causa última de la ruptura definitiva entre Roma y Bizancio. Cierto es que Bizancio pidió ayuda a Occidente, pero al modo tradicional, pequeños grupos de soldados que le ayudasen a recobrar las provincias perdidas, no con grandes ejércitos poco dispuestos a someterse a la disciplina de los mandos bizantinos, o que se convirtieran en poderes independientes en las tierras que ocupasen o en la propia Constantinopla, como ocurrió en la IV Cruzada. Historiadores como Ana Comneno o Guillermo de Tiro nos han dejado testimonios del impacto del paso de los cruzados por las tierras bizantinas y el choque entre la brutalidad de costumbres de los occidentales y el refinamiento cultural bizantino. Por último, y a pesar de los réditos políticos que las Cruzadas tuvieron para el Papado como director de la política exterior europea, pronto se encontró Roma con voces que criticaban su uso como instrumento al servicio de los intereses papales, sobre todo desde que no se limitaron a los musulmanes, y se dirigieron también contra los disidentes religiosos o los enemigos políticos.

         v.      Las Órdenes Militares

Las órdenes militares surgieron del ideal de proteger y al mismo tiempo de establecer un factor bélico contra los infieles musulmanes.  Por lo tanto distinguir entre órdenes militares y hospitalarias resulta muy artificial. Las Órdenes deseaban conjugar la religiosidad de la vida monástica con el ideal del caballero de la Edad Media; recuperar Tierra Santa, conservar las peregrinaciones y asistir a las personas necesitadas. La perfección cristiana en ellos se dirigía hacia exaltar la violencia, apostar por el amor y practicar la tolerancia.

Los caballeros de estas órdenes eran monjes, pues habían profesado los votos de pobreza, de castidad y de obediencia; habían organizado su vida de acuerdo con una regla (por lo general la benedictina) y dependían directamente del Papa, pero al mismo tiempo eran militares, al ejercer el oficio de las armas y estar motivados por el ideal de cruzada. Las Ordenes militares estaban dirigidas por un gran maestre, cuyos poderes eran muy altos.

La primera de las Ordenes Militares europeas fue la del Hospital, fundada en 1048 en Jerusalén por mercaderes, también llamadá de San Juan. Sus orígenes fueron los de una simple cofradía piadosa, encargada del mantenimiento de un hospital destinado a los peregrinos. Colocada bajo la advocación del patriarca de Alejandría, y tutelada por los benedictinos, la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén admitió en su seno, a partir de 1137 a caballeros.
Durante el gobierno de Raimundo de Puy (1120-1160), la orden adquirió su definitivo carácter militar, centrado en la defensa de Tierra Santa y en la protección a los peregrinos. En 1154, bajo el pontificado de Adriano IV, los hospitalarios recibieron importantes donaciones y, al año siguiente, se dotaron de unos estatutos propios. A pesar de todo ello la orden nunca abandonó su primitiva función asistencial, fundando de hecho numerosos hospitales en Francia e Italia, por lo general cerca de los principales puertos de peregrinación. Esto permitió a los hospitalarios superar con relativa facilidad las crisis que supuso la perdida de Palestina, si bien las funciones militares se concentraron ahora en la defensa de Rodas. Desde 1310 se conoció a los hospitalarios con el apelativo de caballeros de Rodas.

La segunda de las ordenes militares de importancia fue la Orden del Temple.  Sus orígenes fueron muy modestos. Se fundó en 1119 por caballeros franceses. Se unieron por votos monásticos y otros militares. Se centraron en la defensa de los peregrinos. En 1127 la orden fue reconocida por el papa Honorio III. Poco a poco los templarios consiguieron importantes donaciones y un creciente poder. Los privilegios recibidos por reyes y nobles la convirtieron en una institución de potencia equiparable a la de cualquier principado occidental y su riqueza llegó a hacerse inmensa. A mediados del siglo XIII el Temple estaba dividido en 17 provincias con aproximadamente 20.000 miembros. Sin embargo, su directa dependencia del Papa y, sobre todo, su pronta dedicación a negocios especulativos y crediticios despertó los recelos de los monarcas. Al caer San Juan de Acre en 1291, último de los territorios del reino de Jerusalén, la orden del Temple, entró en una profunda crisis que no superaría. Poseía una enorme riqueza y eso provocó la enemistad del Rey de Francia, junto con la debilidad del Papado y el fracaso de un último acuerdo de fusionar la Orden del Temple con la Orden del Hospital, provocaron su caída en desgracia. Se la acusó de todo tipo de delitos, y al final la Orden fue disuelta por el Papa Clemente V, y sus propiedades pasaron a los diferentes monarcas o se integraron en otras órdenes. En la Corona de Aragón tanto el Temple como el Hospital tuvieron presencia activa, fundándose en 1317 la llamada Orden de Montesa con los bienes incautados a los templarios.
En los reinos occidentales en cambio, siempre tuvieron mucha más importancia las órdenes autóctonas, aparecidas en la segunda mitad del siglo XII.

Otras órdenes militares
Los caballeros Teutónicos, nacidos durante la Segunda Cruzada y desaparecieron a finales del siglo XIII. Absorbieron a otra orden militar: los Caballeros Portaespadas.

Caballeros Antonista en Viena, nacidos a finales del siglo XI.

Caballeros del Espíritu Santo.

Caballeros de San Lázaro en Jerusalén, entre otras, muchas de las cuales tuvieron una breve existencia sobre todo a partir de la perdida de Jerusalén en 1224 lo que produjo a las órdenes una grave crisis de supervivencia.
Otro factor importante para la desaparición de muchas de ellas fue el declive de ,los ideales primitivos en beneficio de los políticos (guerra contra los musulmanes en España, contra los paganos en el Báltico y contra los herejes en el sur de Francia), así como enriquecimiento y el poder que adquirieron. [4]

Órdenes militares de España
La otra gran orden militar peninsular fue la Órden de Santiago. Se fundó hacia 1170 reinando en León, Fernando II.  El fundador y primer maestre Don Pedro Fernández, descendiente de los reyes de Navarra y de los condes de Barcelona. El mismo Fernando II dio al principio numerosas posesiones a los nuevos caballeros. La orden consiguió incorporarse al monasterio de santa María por asistencia espiritual. En 1175 el Papa Alejandro III les otorgó la bula de aprobación y desde entonces se les conoció con el nombre de Caballeros de Santiago. Tras la toma de Calatrava por los musulmanes y el abandono de los templarios, el rey Sancho III firmaría la carta de donación perpetua de la Villa y Fortaleza de Calatrava a la Orden del Cister, representada por el Abad D. Raimundo, y a todos sus monjes, para que la tuvieran y la defendieran. Obtuvieron una importante parcela de poder  aumentando su poderío con donaciones de villas, tierras y castillos esparcidos por toda España. Tanto poder tuvo esta Orden Militar, que suscitó la desconfianza de los reyes que determinaron que la elección de Maestres de la Orden lo sería por designación real. Pero los Reyes Católicos determinaron que el Maestre de la Orden D. Garci López de Padilla, sería el último Maestre de la Orden de Calatrava, de modo que las posesiones de la orden pasarían a la Corona tan pronto como muriera su Maestre. Así llego a su fin la Orden.

En el año 1.156 varios caballeros de Salamanca formaron una orden guiados por Amando el Ermitaño al estilo de las del Hospital y el Temple. Fue confirmada por el papa Alejandro III como orden de caballería. Los años que siguen constituyen un continuo batallar de la Orden al servicio de los monarcas cristianos contra los árabes. Reconquistada la villa de Alcántara, la Orden decidió su traslado a aquel lugar. La Orden no sólo combatió a los moros, sino que también se mezcló en la política de la época. Vestían túnica de lana blanca muy larga y capa negra que sustituían por un manto blanco en las ceremonias. El declive de la Orden se inicia con los Reyes Católicos. La Monarquía española estaba resuelta a constituirse en unidad nacional y por tanto se hacía precisa la incorporación de los maestrazgos a la Corona.

La Orden de Montesa fue creada por una bula Papal de fecha 10 de junio de 1.317, pero el verdadero fundador y creador de la orden fue el rey don Jaime II, de Aragón, quien le cedió el castillo de Montesa, enclavado en territorio valenciano, frontera con los sarracenos en aquellos momentos. La nueva Orden de Montesa sería la filial de la Orden de Calatrava, se ocuparía principalmente de la defensa contra los sarracenos de la plaza de Valencia y circundantes. La Orden realizó un decisivo papel, apoyando Al Rey de Aragón Pedro el Ceremonioso. Participó activamente para la Corona de Aragón en la conquista del reino de Nápoles. Pero ya los reyes comenzaban a tomar parte activa en la elección de los Maestres. Al cabo de algún tiempo, se obtuvo la renuncia al maestrazgo en favor del rey pidiendo al Pontífice que incorporara la Orden de Montesa a la Corona. Así se hizo por una bula de Sixto V expedida en Roma siendo el 15 de marzo de 1.587, que daba por concluída la dignidad del Maestre. Acabó la Orden de Montesa como Caballería Militar y desde aquel momento quedó incorporada al Estado. [5]

2)  Las Ordenes Mendicantes

              i.        Pedro Valdo

Pedro Valdo (1140 ? - 1217) (de nombre original Pierre Valdo, Valdés, igualmente conocido como Pierre de Vaux) predicador itinerante, considerado como uno de los precursores de la Reforma Protestante. Impulsó el movimiento cristiano de los Pobres de Lyón, conocidos como valdenses. Se sabe que se estableció en Lyon (Francia) y se hizo rico negociando. En 1173, tras la muerte de un amigo se dedico a predicar el evangelio. Distribuyó sus bienes en dos fracciones: Una parte para los pobres: Valdo dio pan, verdura y carne a todo el que acudió a él en momentos en que una hambruna muy grande asolaba a Francia y Alemania. La otra parte la entregó a dos eclesiásticos para que tradujesen el Nuevo Testamento del latín a la lengua romance que entonces se hablaba hasta la frontera suiza, y envió mensajeros de pueblo en pueblo para que leyeran la Sagrada Escritura a quienes no sabían latín. Para poder distribuir estas porciones de la Biblia, Valdo y sus colaboradores utilizaron tácticas de venta especiales para evitar ser denunciados. Un inquisidor los describe viajando de un pueblo a otro y vendiendo mercaderías para lograr entrar en las casas. Explica que ofrecían joyas, anillos, aros, telas, velos y otros adornos. Cuando les preguntaban si tenían otras joyas, contestaban: “Sí, tenemos joyas más preciosas que estas. Si prometen no denunciarnos, se las mostraremos”, y cuando obtenían esa seguridad, los colportes proseguían: “Tenemos una piedra preciosa tan brillante, que su luz permite ver a Dios; y tan radiante que puede encender el amor de Dios en el corazón del que la posee. Estamos hablando en lenguaje figurado, pero lo que decimos es la pura verdad.” Luego extraían de debajo de su ropa alguna parte de la Biblia, la leían, explicaban y vendían a quien la quería. Los predicadores itinerantes difundían una religiosidad más viva y más intensa, que se puede resumir en la exigencia de un seguimiento lo más completo posible a los consejos de Jesús en los Evangelios. "Así sembraron la palabra eterna que brotó, creció y dio rico fruto." El número de seguidores de Valdo fue aumentando rápida y vastamente, por su actitud crítica frente a la jerarquía y la importancia que daba a los simples fieles, impulsando a cada uno a tomar conciencia de su propia fe y dignidad de cristiano.

Fue citado por el arzobispo Guichard, que les prohibió predicar. Valdo apeló al Papa y compareció con uno de sus colaboradores ante el Concilio de Letrán en marzo de 1179. El papa Alejandro III le trató amablemente pensando que Valdo y sus seguidores podrían formar una orden monástica más. De vuelta a Lyon, continuaron predicando a pesar de las prohibiciones del arzobispo y el Papa. En el año 1181 se lanzó contra ellos una excomunión definitiva, que pudieron eludir durante algunos años. Tras el Concilio de Verona en 1184, donde se condenó explícitamente a los Pobres de Lyon, se vieron obligados abandonar aquella ciudad y esparcirse por toda Europa (Francia, Italia, España, Alemania, Polonia, Austria, Hungría), difundiendo su doctrina a su paso. Se cree que el número de Valdenses en Austria llegó a 80.000. Pedro Valdo se exilió a Bohemia, en donde terminó sus días en 1217, tras 57 años de obra.[6]

         ii.      San Francisco Y La Orden De Los Hermanos Menores

San Francisco nace a finales del siglo XII. Era de clase comerciante y aspiraba a ser un gran caballero, por ello quería marchar a las cruzadas, además frecuentaba las comilonas y otros vicios. Pero siente que le falta algo. Busca algo que no encuentra en la sociedad. Va a encontrar a Dios en dos momentos clave de su vida: Al volver de la guerra y no haberle gustado, entra en una ermita a pocos kilómetros de su pueblo: San Damiano y ora ante el Cristo. Siente que Jesucristo le está pidiendo que repare su Iglesia. El segundo encuentro y definitivo fue con el leproso. Vio al mismo Jesús en el Leproso. Con lo que decidió dejar a la familia y los bienes e irse a vivir con los pobres. Ambas cosas combinarían una constante en su vida: la contemplación y la acción. Se decide a seguir el Evangelio y desprenderse de todo, vivir como Cristo Pobre. Pasó dos años reconstruyendo la ermita y se le fueron uniendo unos amigos inseparables. Sentían la llamada de "si quieres ser perfecto da todo lo que tienes y sígueme".

No pensaban en fundar una nueva orden sino vivir el Evangelio. Pero pronto llegaron a ser 12. Clara estaba con ellos, tenía casi 10 años menos que Francisco. Fundaría las Clarisas, que no tendrían una vida tan activa como los Franciscanos debido a la clausura del convento. Francisco fue un hombre que sufrió mucho pues vio que la orden ya fundada se le iba de las manos, llega incluso a abandonar la orden. La primera división de la orden se establece entre conventuales y observantes. Tenían muchas diferencias. Todos son frailes menores. Los Capuchinos volverán a reformar la orden apoyándose en los Conventuales, y quieren volver a sus raíces. Cada uno es una forma diferente de vivir la pobreza.

Estas ramas aparecieron debido a divisiones internas en la orden, por los diversos modos de interpretar, vivir y observar la Regla de San Francisco, especialmente en cuanto ve a la vida evangélica profesada y a la rigidez u holgura en la observancia de la pobreza. El año 1517 el Papa León X dividió la Orden entre dos ramas: Conventuales y Observantes, dando a éstos la autoridad y los sellos de la Orden, así como el oficio de Ministro General de toda la Orden de los Frailes Menores. El año de 1535, en el seno de la Observancia se inició el movimiento de la Reforma Capuchina. Actualmente, cada una de estas tres ramas, observando la única Regla de San Francisco, cuenta con su propia autonomía y su propio Ministro General. Desde el mismo siglo XIII, existen los franciscanos de la Tercera Orden Regular, quienes también tienen su autonomía y su propio Ministro General. La Orden de Frailes Menores, llamados simplemente franciscanos, tiene el sello del Ministro General desde 1517. Los Franciscanos se reunieron en capítulos generales en Pentecostés o en San Miguel, dividieron la Orden en provincias gobernadas por ministros provinciales, crearon misiones en varios países de la Cristiandad, aceptaron la regla definitiva en 1223.

Los Franciscanos, más dados a las aplicaciones prácticas, a la espiritualidad afectiva y a los temas populares, tienen tendencia a establecer una dualidad entre la teología y la mística. Cultivan con ardor una espiritualidad de raíces agustinianas y hasta neoplatónicas. Lo que interesa a los Franciscanos, ante todo, es la vida práctica.[7]

        iii.      Santo Domingo Y La Orden De Predicadores (1175-1221)

Los dominicos nacen en el contexto de la cruzada albigense, guerra emprendida por iniciativa de la Iglesia católica y la nobleza del reino de Francia en contra de los cátaros y la nobleza de Occitania a comienzos del siglo XIII. Domingo de Guzmán, natural de Caleruega, era un clérigo que integraba el capítulo de la catedral de Osma. Durante un viaje diplomático realizado con su obispo Diego de Acevedo al norte de Europa, fue encargado del intento de conversión de los cátaros instalados en el sur de Francia. Hacia 1206, organizó ―con la aprobación del Papa― un grupo de predicación que imitaba las costumbres de los cátaros, viviendo pobremente, pero sus intentos fueron un fracaso, lo que decidió el uso de la fuerza y el inicio de la llamada cruzada contra los cátaros.

Santo Domingo continuó madurando su idea y se fue a vivir a la diócesis de Toulouse, donde fundó un monasterio femenino en Prohuille. Finalmente, hacia 1215 organizó la primera comunidad formal de «hermanos predicadores». Se componía de 16 integrantes. Dicha comunidad se guiaba bajo la regla de San Agustín y vivía en conventos o casas urbanas, bajo una espiritualidad a la vez monástica y a la vez apostólica. El lema escogido fue ‘contemplar y dar a otros lo contemplado’. Todo esto fue novedoso para la época, pues hasta entonces, los religiosos vivían en monasterios y no se dedicaban a la predicación, la cual era oficio propio de los obispos. Los dominicos tomaron como ejes de su carisma el estudio y la predicación, unidos a la pobreza mendicante. De manera paralela a la fundación de los predicadores y de las monjas, nació la Milicia de Jesucristo, después conocida como Tercera Orden de la Penitencia de Predicadores, que sería la rama seglar de la organización. Entre los miembros más famosos de esta rama de la orden, se encuentran Catalina de Siena, Sigrid Undset y Pier Giorgio Frassati. La orden fue aprobada por el papa Honorio III en 1216. Pocos años después, santo Domingo tomó la decisión de dispersar al pequeño grupo, enviándolo a lugares claves de la Europa de entonces: París y Bolonia, donde se encontraban las dos principales universidades del mundo occidental. El éxito fue inmediato. Si en 1221, cuando murió su fundador, los dominicos eran alrededor de 300 frailes, unos cincuenta años más tarde el número rodeaba los 10.000 miembros. Hasta el siglo XIX, los dominicos representaron la segunda comunidad masculina más numerosa, después de los franciscanos.

Pronto se hicieron muy populares, y grandes teólogos se forjaron en sus filas. Los casos más renombrados son los de Tomás de Aquino ,Alberto Magno, Meister Eckart y Vicente Ferrer.
La preparación y formación teológica expuesta tanto por los dominicos como por los franciscanos hizo que al fundarse la Inquisición, en 1231, las autoridades se fijaran en estos religiosos y le confiaran su organización, que llevaron adelante con mucho celo, al punto de que los primeros quedaron asociados para siempre con este célebre tribunal. Tal vez los más famosos inquisidores son Bernardo de Guio  y Tomás de Torquemada, ambos dominicos. Tras una decadencia que afectó a todas las órdenes religiosas en general durante el siglo XIV, los dominicos se reformaron en el siglo XV, y tuvieron una nueva época de gloria intelectual que protagonizaron los dominicos del Convento de San Esteban de Salamanca, donde se forjó la Escuela de Salamanca, en su faceta teológica, que daría después sus frutos en la filosofía, el derecho y la economía, con personajes de la talla de Francisco de Vitoria, Tomás de Mercado o Domingo de Soto, que hicieron unos planteamientos sobre los problemas de la sociedad inusualmente avanzados.

Mientras tanto se enfrentaban a una nueva tarea: la Evangelización de América. Su trabajo allí fue muy importante y en los anales de la historia se tiene en especial consideración a Fray Bartolomé de las Casas, Fr. Antonio de Montesinos, Fr. Pedro de Córdoba, San Luis Beltrán y otros más por su labor en la defensa de los derechos de los indígenas americanos. En América, los dominicos también intervinieron en la educación de la población criolla, a través de la fundación de centros universitarios y en la propagación de prácticas y devociones que aún hoy están presentes entre la población católica, como la devoción a la Virgen María a través del rezo del rosario.

Al advenir la época de las revoluciones (siglos XVIII-XIX) tanto en Europa como en América, la orden soportó la crisis más grande de su historia. La inobservancia, la laxitud, la aridez intelectual, unida a los ataques que desde el exterior lanzaron las autoridades políticas de corte liberal, la llevaron a casi desaparecer por completo. A partir del siglo XIX comenzó una segunda restauración En el siglo XX la orden dominicana recuperó parte de su antiguo esplendor en el campo teológico y pastoral. En la actualidad, los alrededor de 6500 frailes que existen se dedican especialmente al estudio teológico y filosófico, a la pastoral en parroquias, a la misión y la enseñanza en centros de estudio.[8]

        iv.      El Curso Posterior De Las Órdenes Mendicantes

Tanto la Orden de Predicadores como la de los Hermanos Menores crecieron rápidamente en casi toda Europa. Pero la fundada por Santo Domingo tuvo una historia mucho menos accidentada que la de San Francisco. Desde el principio, los dominicos se habían dedicado al estudio y a la predicación, particularmente entre los herejes. Para ellos, la pobreza no era sino un instrumento que facilitaba y fortalecía su testimonio. Por tanto, no tuvieron mayores dificultades para adaptarse a las nuevas circunstancias, cuando el crecimiento de la orden requirió que ésta tuviera propiedades, y que el ideal de pobreza fuese en cierto modo mitigado. Además, pronto se instalaron en las universidades, pues esto se seguía de su inspiración inicial. En esa época, los dos centros principales de estudios teológicos eran las nacientes universidades de París y Oxford. En ambas ciudades los dominicos fundaron casas, y pronto tenían profesores en las universidades. En Oxford, esto sucedió cuando Roberto Bacon, quien ya era profesor, decidió hacerse dominico, y continuó en la enseñanza. El otro campo en el que los dominicos se distinguieron fue la predicación entre musulmanes y judíos. Entre los seguidores del Profeta, su más famoso predicador fue Guillermo de Trípoli. Al igual que los dominicos, los franciscanos se distinguieron tanto en su labor misionera como en su presencia en las universidades. Las misiones habían sido siempre una de las pasiones de San Francisco, quien varias veces trató de partir a tierra infieles, y quien por fin logró predicarle al Sultán en Egipto.  Como ejemplo de esa labor, podemos tomar a Juan de Montecorvino, quien después de ser legado papal en Persia y Etiopía, y tras breve obra misionera en la India, se dirigió hacia China.  

Al seguir el ejemplo de los dominicos, los franciscanos se instalaron en las universidades, donde llegaron a tener profesores de gran renombre. Hasta cierto punto, esto constituía un cambio en la política trazada por el fundador, quien siempre receló de los estudios y los libros. Particularmente en París, el franciscano Buenaventura y el dominico Tomás de Aquino, tuvieron que enfrentarse a la oposición de maestros seculares tales como Guillermo de San Amor. En su pugna con los mendicantes, los seculares llegaron a atacar, no sólo su derecho de formar parte de las universidades, sino también la validez de sus votos de pobreza. Pero lo que Francisco deseaba era evitar el enriquecimiento de su orden, como había sucedido con el movimiento cluniacense. Para asegurarse de que el principio de la pobreza absoluta se cumpliera a cabalidad, insistió en él en su testamento, y explícitamente prohibió que se le pidiera al papa mitigación alguna de la Regla. A la postre esto no pudo cumplirse, pues  nadie encarnó aquel ideal como lo hizo San Francisco, los seguidores del Pobrecillo de Asís finalmente terminaron peleándose a causa de sus riquezas[9]




[1] Cruzadas consultado el 30 de mayo de 2011
[2] El fenómeno de las peregrinaciones consultado el 1de junio de 2011
[3] Las cruzadas consultado el 28 de mayo de 2011
[4] Nacimiento de las ordenes militares consultado el 2 de junio de 2011
[5] Órdenes Militares consultado el 1 de junio del 2011  
[7] Mattoso J. e I Iparraguirre  San Francisco y los Franciscanos consultado el 2 de junio de 2011
[9] Gonzales Justo, Historia del Cristianismo vol 1, pag 420